Me gusta, no me gusta
Adoro El beso de Klimt y mi cama por la mañana cuando no tengo que madrugar. Me molestan los gritos de las vecinas en la plaza, su falta de educación y la falta de cariño por sus niños desgreñados. Me encanta hablar con las amigas que me hacen reír y me abrazan sin motivo.
Odio ir cada día a trabajar, claro que también me ilusiona ir cada día a trabajar. Me gusta enseñar, enfrentarme a ese grupo de chicos desinteresados por lo que yo tengo que decirles e ir poco a poco ganándome su confianza y su cariño. Me apasiona conducir por una carretera sin tráfico escuchando una música discordante con el paisaje: oír rock duro conduciendo por el monte y a Cecilia Bartoli en medio del tráfico de la ciudad.
Odio profundamente la rutina y por muy agradable que sea una actividad o muy apasionado que sea el amor de un hombre, termino cansándome siempre. Me gusta sorprenderme y que me sorprendan, romper los esquemas y las ideas preconcebidas y ponerme en el punto de vista donde nunca estuve antes.
Me emociona saludar a los desconocidos por la calle. Me enternece tocar las piernas peludas de mi hijo adolescente y hacerlo
reír. Me tranquiliza tirarme en el sillón después de comer para darme un respiro y el olor a café que me recuerda cuando de niña, cada día a la misma hora, aspiraba el aroma que despedían todas las casas, mientras en la radio sonaba la novela “Simplemente María”.
Quiero a Don Eduardo Galeano aunque no lo conozca. Suelo perder el tiempo mirando las flores de las orquídeas y viendo cómo las plantas se marchitan y vuelven a florecer, o siguiéndoles la pista cada día a los capullos de las rosas hasta el momento en el que se abren.
Odio morirme, ya sea por la pena, o por la muerte final.
Estoy profundamente enamorada del paisaje que se ve desde el Mirador de Las Mercedes, de las montañas, del Teide y del mar.
Me divierte ir de compras y no comprar nada. Me gustan los anillos grandes y los pendientes pequeños, los libros que me hacen pensar y la música que suena y pasa rozando el alma.
Disfruto tomando una copa de vino, tanto como desplegando el ritual que lo precede: abrirlo, olerlo, enfriarlo y servirlo en una copa grande de cristal. Me hace feliz estar sola, pensar sin llegar a conclusiones y dejarme llevar de la mano de los acontecimientos de cada día.
No soporto los viajes organizados, pero adoro viajar. Me encanta sentarme en una terraza de un país desconocido y mirar a la gente pasar. No me gustan los aviones, ni las azafatas ni los aeropuertos. No me gustan los relojes ni la gente inflexible.
Amo los cuentos y la poesía, los golpes en la vida tan fuertes de César Vallejo y las caricias suaves. Y los besos. Y el olor fuerte y concentrado de las sábanas después de hacer el amor. Y, sobre todo, el espacio vacío de intersección que une a dos personas que se aman.
Me gusta mucho vivir. Pero mucho, mucho, mucho.
Carmen Yanes
Septiembre de 2009