viernes 16 de octubre de 2009

Retrato literario

Desde primera hora de la mañana, Carmelo ya está en guardia contra el mundo. La camisa de Pedro del Hierro o Lacoste impecablemente planchada, el cinto apretado alrededor del pantalón vaquero y rígido, como si pretendiese que ningún músculo de su cuerpo escapase a su control.

Si lo ves desde lejos, procura ser fiel a la imagen que cuidadosamente se empeña en proyectar de hombre seguro de sí mismo, inteligente y capaz. A medida que se acerca empiezas a distinguir las señales traicioneras que desmienten su fachada de autosuficiencia. Para empezar, aprecias el llamativo y constante movimiento de las aletas de su nariz, la rigidez de sus músculos faciales y su impostada sonrisa bajo esos ojos claros que nunca miran demasiado tiempo a su interlocutor, para no darle la oportunidad de echar un vistazo a su alma.

Carrmelo camina recto y decidido, pero si observas con atención, verás que sus hombros caen hacia delante lo suficiente como para mostrar con claridad que la carga que soporta es muy superior a su capacidad de sobrellevarla.

Por último, escuchas su voz extrañamente aguda, que jamás pronuncia un buenos días, o una palabra amable: una voz que usa como un cuchillo para cortar todos los hilos que puedan ligarlo a los demás.

Carmen Yanes

Septiembre 2009

(III edición)





Palabras mágicas (Ejercicio de desbloqueo)

LIBRO y RÍO

Mientras esperaba –aburrida- a ser recibida por el dueño de la casa, paseé mi vista por las estanterías de la vetusta librería. Me llamó la atención un libro en apariencia insignificante, arrimado en una esquina. Sin muchos propósitos de detenerme demasiado en él y sólo con la intención de entretener mi espera, lo rescaté con cierta precaución de su escondrijo. Una densa capa de polvo forraba sus cubiertas, la cual se derramó sobre mi ropa blanca. Mis manos recién lavadas y perfumadas con una crema especial para rejuvenecer una piel al borde de su decadencia, se vieron envueltas por aquel tul de polvo y mis dedos estamparon su huella digital sobre el lomo del libro, sin muchos ánimos y con el vago propósito de devolverlo a su guarida en cuanto observara que en las primeras líneas no se mataba a nadie. Y, en efecto, no hubo ningún muerto, ni asesinado, ni siquiera herido leve. Pero no pude dejar de hojearlo, pues en su interior se describía un fantástico viaje por un río cuyo nombre nunca había oído antes y del que ahora, ya, tampoco me acuerdo. Desde que me subí a aquella destartalada barca conducida por un viejo desdentado y quemado por la vida hasta que llegamos a nuestro destino, jamás había experimentado tan de cerca el calor de la tierra seca, el susurro de los árboles ribereños, la sensación de viajar en otro espacio del mundo…
Lástima que la llegada del dueño de la casa me sacara del ensueño.

Inés
Septiembre 2009
(III edición)

Escritura automática

NUEVA YORK
Llegué a casa más cansada que nunca, con camiseta verde de Starbucks pegada al cuerpo por el sudor y una tonga de libros bajo el brazo. Era de noche, pero en vez de salir con los amigos o ver una película, tenía que hacer un trabajo, preparar un examen e investigar el funcionamiento de las depuradoras de agua. En el piso, minúsculo y viejo, también debía hacer alguna cosilla… Hacía demasiado tiempo que no limpiaba el baño. Me levanté con desgana del sofá a por la fregona y mientras recorría el pasillo, una imagen explotó en mi mente: yo, en mi antigua casa, colgada del teléfono mientras cenaba los macarrones caseros de mi madre.
Como todos los días en los que me sentía sola y perdida, me acerqué al balcón, olvidando la fregona. Nueva York. Aquella única imagen, los coches, las luces, saber que nada se paraba y que siempre habría algo nuevo que visitar, alguien nuevo que conocer, bastaron para recordarme por qué estaba sola en la capital del mundo. Difícil. Duro. Pero genial.

Eugenia Reyes
Septiembre 2009
(III edición)

Escritura automática

RETRATO EN CLAROSCURO

Él vive en una casa luminosa, con ventanas amplias, con plantas en los patios y una araucaria gigante en el jardín. Y con una habitación cerrada, oscura, de la que escapa el olor concentrado a humedad y podredumbre.
Él lleva una vida ordenada, tranquila. Insignificante. Acude puntualmente a su trabajo, toma café con un amigo, sale a cenar un viernes al mes y algún fin de semana va al cine o al campo; pero cuando almuerza en casa, la comida tiene un cierto sabor rancio que su estómago se resiste a tragar.
Él duerme relativamente bien, pero deja la luz del pasillo encendida porque no soporta despertar en medio de la oscuridad e imaginar que los cadáveres, cuidadosamente guardados en sus fundas verdes con cremallera, invaden su habitación y hacen vomitar a su estómago con su repugnante pestilencia.
Los cadáveres a los que asépticamente, con sus guantes de cirujano, ha cortado limpiamente la cabeza, y ha vaciado de sus vísceras. Los cadáveres que ya ni siquiera podría identificar y que se acumulan cuidadosamente enfundados en la habitación oscura y húmeda de su luminosa casa. A la sombra de la araucaria gigante del jardín.

Carmen Yanes
Septiembre 2009
(III edición)

Me gusta, no me gusta... (ejercicio de desbloqueo)

Me gusta, no me gusta
Adoro El beso de Klimt y mi cama por la mañana cuando no tengo que madrugar. Me molestan los gritos de las vecinas en la plaza, su falta de educación y la falta de cariño por sus niños desgreñados. Me encanta hablar con las amigas que me hacen reír y me abrazan sin motivo. Odio ir cada día a trabajar, claro que también me ilusiona ir cada día a trabajar. Me gusta enseñar, enfrentarme a ese grupo de chicos desinteresados por lo que yo tengo que decirles e ir poco a poco ganándome su confianza y su cariño. Me apasiona conducir por una carretera sin tráfico escuchando una música discordante con el paisaje: oír rock duro conduciendo por el monte y a Cecilia Bartoli en medio del tráfico de la ciudad.
Odio profundamente la rutina y por muy agradable que sea una actividad o muy apasionado que sea el amor de un hombre, termino cansándome siempre. Me gusta sorprenderme y que me sorprendan, romper los esquemas y las ideas preconcebidas y ponerme en el punto de vista donde nunca estuve antes.
Me emociona saludar a los desconocidos por la calle. Me enternece tocar las piernas peludas de mi hijo adolescente y hacerlo reír. Me tranquiliza tirarme en el sillón después de comer para darme un respiro y el olor a café que me recuerda cuando de niña, cada día a la misma hora, aspiraba el aroma que despedían todas las casas, mientras en la radio sonaba la novela “Simplemente María”.
Quiero a Don Eduardo Galeano aunque no lo conozca. Suelo perder el tiempo mirando las flores de las orquídeas y viendo cómo las plantas se marchitan y vuelven a florecer, o siguiéndoles la pista cada día a los capullos de las rosas hasta el momento en el que se abren.
Odio morirme, ya sea por la pena, o por la muerte final.
Estoy profundamente enamorada del paisaje que se ve desde el Mirador de Las Mercedes, de las montañas, del Teide y del mar.
Me divierte ir de compras y no comprar nada. Me gustan los anillos grandes y los pendientes pequeños, los libros que me hacen pensar y la música que suena y pasa rozando el alma.
Disfruto tomando una copa de vino, tanto como desplegando el ritual que lo precede: abrirlo, olerlo, enfriarlo y servirlo en una copa grande de cristal. Me hace feliz estar sola, pensar sin llegar a conclusiones y dejarme llevar de la mano de los acontecimientos de cada día.
No soporto los viajes organizados, pero adoro viajar. Me encanta sentarme en una terraza de un país desconocido y mirar a la gente pasar. No me gustan los aviones, ni las azafatas ni los aeropuertos. No me gustan los relojes ni la gente inflexible.
Amo los cuentos y la poesía, los golpes en la vida tan fuertes de César Vallejo y las caricias suaves. Y los besos. Y el olor fuerte y concentrado de las sábanas después de hacer el amor. Y, sobre todo, el espacio vacío de intersección que une a dos personas que se aman.
Me gusta mucho vivir. Pero mucho, mucho, mucho.

Carmen Yanes
Septiembre de 2009
(III edición)

viernes 27 de marzo de 2009

Microrrelatos.

El dinosaurio
Estos sesenta millones de años han pasado en un suspiro.

El amnésico
Suena el despertador y Clive abre los ojos. Se incorpora, toma su diario y anota: «8:02. Despierto por primera vez ».

José Antonio Bustelo.

El punto de vista.

Es media tarde y Miriam pedalea por las calles con aire ausente. Se detiene ante el escaparate de una inmobiliaria y escudriña con atención los anuncios de los pisos en venta. Tiene que marcharse del lugar en donde vive y pronto.
-¿Dónde has estado? – le pregunta Javier
-Ya te lo dije –contestó Miriam-. Fui a ver pisos. Seguir viviendo contigo es un error y ambos lo sabemos.
-¡Qué tontería! Tú puedes hacer tu vida. Yo no voy a criticarte ni a meterme en lo que hagas. El error sería marcharte.
-¡Entiéndelo de una vez! –replica Miriam-. ¡Necesito vivir sola, y tú debes desligarte de mí lo antes posible!
El hermano de Miriam guarda silencio y desaparece de su vista. Miriam conecta el contestador automático y comprueba que le han dejado un mensaje. Por fin le ofrecen un piso céntrico y a un precio aceptable. Coge su bolso y sale a toda prisa.
A Miriam le agrada y le vendrá bien este cambio de aires. Al dirigirse hacia la cocina, oye la voz de su hermano que quizá salga de la pared. O quizá de su mente.
-Soy yo, Miriam. ¿Me perdonas?

José Antonio Bustelo

Claridad.

La fiesta está realmente concurrida. Puedo reconocer a celebridades en cualquier rincón al que dirija la vista. La rigurosa etiqueta de todos los invitados armoniza con la decoración de esta elegante sala.
Las atenciones de los camareros resultan abrumadoras. Dotados de un ojo entrenado para detectar entre la muchedumbre, manos vacantes a las que ofrecer burbujeantes copas de champaña.
El anfitrión charla distendidamente con todos. Debo reconocer que tiene su encanto. Observo que deposita su copa sobre una mesa repleta de sabrosos bocados, y se dirige hacia la salida para despedir a los que se marchan. Es una suerte que su bebida favorita sea el Amaretto, ideal para camuflar el sabor a almendras amargas del cianuro.
Me dirijo hacia el guardarropa y retiro mi abrigo. Ya fuera de la mansión, paseo bajo una noche despejada. Sentados en un banco de la avenida, dormitando, se encuentran un anciano y su perro. Se despiertan sobresaltados por la sirena de una ambulancia que se dirige hacia la fiesta. Debo evitar trasnochar tan a menudo. Siempre termino metiéndome en problemas.

José Antonio Bustelo

domingo 9 de noviembre de 2008

Microcuentos de Mary Garavito

Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigada decidí seguirme. Pero me detuve y reflexioné. Mejor dejo que, aunque sea esa parte de mí, tenga tiempo para estar sola.


La aguja en el pie.
La chica deseaba intensamente el espectacular anillo de su suegra. Tomando ventaja del delicado estado de salud de la anciana, decidió entrar silenciosamente en la habitación y robarlo. Con los pies descalzos, abrió la puerta lentamente y se acercó al cofre de plata donde guardaba las joyas. Justo antes de abrirlo, sintió el pinchazo en el pie de una aguja de coser que la vieja había dejado caer al suelo. Sin darle importancia, la joven completó su misión y salió de la habitación.
A la mañana siguiente la suegra observó desde su cama el cofre abierto y se levantó. Pero más extraños le parecieron los pequeños pies dibujados con sangre que se perdían por el pasillo.




Sin darse cuenta, se encontraba en medio de la calle: desorientado, despeinado y con un roto en el pantalón que dejaba al descubierto parte de su trasero.


Robo.
El caniche saltó hasta robarle el tabaco que tenía entre sus dedos. El niño se puso a llorar porque era su último cigarrito de chocolate.

viernes 31 de octubre de 2008

Al llegar a mi casa...: Claridad

Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado decidí seguirme. Pero me detuve y reflexioné. Mejor dejo que, aunque sea esa parte de mí, tenga tiempo para estar sola.

Mary Garavito

Contratos musicales

Tengo que escribir, tengo que hacer algo. Casi me disloco el hombro, imagínense que escuchas estupideces, digo yo, ups... Casi me desnuco. Como decía, comencé a cabecear... Qué sueño. No es normal que la luz me pegue tanto, es blanca, como de Sala de Urgencias. Me duelen los ojos, debo tener cara de irritado o, mejor dicho, de cansado. Si dejo de escribir me duermo. No sé qué… Otra vez me dormí con los ojos abiertos. "Retro" ¿qué digo? Todo esto de escribir dormido me resulta extraño... Agua, necesito agua. No sé qué es esto, si una historia, un relato breve o una novela. Creo que una tergo…

La voz desagradable del argentino me despierta, me pillaron cabeceando y cerrando los ojos. Se me dilatan las pupilas.
Ahora estoy despierto, acabo de leer lo escrito y, definitivamente, dormía. No me acuerdo de casi nada, y qué más da. Desperté. Todavía quedan un par de horas de curso.

Alexander Negrín

domingo 19 de octubre de 2008

Al llegar a mi casa...: Claridad

Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigada, decidí seguirme. Iba como volando por la calle. Me dirigí a casa de mi mamá, donde sólo en pensamientos puedo estar y, ciertamente, llegué. Estaba allí, con ella, a su lado. Sentada, la abrazaba, pero no me sentía. La besaba..
En el camino tropecé con mil cosas, pasé por calles que conocía. En mi recorrido todo era familiar: la zapatería, la cancha, la panadería... La misma gente de toda la vida: la señora Loli y el señor Juan. Lo recordé todo. Sin embargo, poco a poco, me di cuenta de que ninguno me veía.
Entonces, simplemente, decidí regresar a mi casa, abrir la puerta y, ahora sí, entrar a disfrutar de la realidad.
Vanessa Fontana

Instante antes de despertar: los sentidos

De lo único que se acuerda mi subconsciente, es de parar el móvil que no deja de sonar a las 5:20 y en terribles intervalos de dos minutos. Sólo diez minutos más para poder asumir que debo quitarme de encima la sabana, la cobija y el abrazo de Alexander, que tan a gusto me envuelven toda la noche.
Vanessa Fontana

Instante antes de despertar: los sentidos

Empiezo a escuchar el maullido de un gato que, entre dormido y despierto, pienso en si estará en mi sueño o si será realidad. Cuando medio abro los ojos, escucho al gato del coño, ése.
Le tiro la almohada y, por supuesto, no llega ni al final de la puerta.

Nelson Méndez

Objetivo: una escena.

-Brida, ¡a la pizarra!- exclamó la profesora.
-No lo tengo hecho, seño…- contestó Brida insegura, bajando la mirada mientras notaba los ojos de la señorita clavados con lástima sobre ella.
-¿No has hecho la tarea o es por otra cosa, Brida?- preguntó la seño.
-No. No la hice-, dijo ella nerviosa y cortante, roja como un tomate, y pensando en qué era lo que esperaba que le dijera delante de toda la clase y pensando también en las excusas que pondría para escabullirse... Una vez más.

-¡¡Tía!! ¡Le enseñé las fotos a Pablo en la guagua y quiere conocerte hoy, en el recreo!-
Blanca estaba emocionada.
- No creo que sea una buena idea, sabes que no salgo con chicos del colegio- contestó Brida, apenada.
- No seas tonta..- le dijo Blanca, sin querer comprender el porqué.

El timbre del recreo sonó puntual. Todos salieron apresurados de clase, mientras Brida se perdía en sus libretas, haciendo que escribía.
- Vete bajando tú. Voy a mirar unas cosas y ahora salgo. Brida leyó en los ojos de su amiga que sabían el porqué del retraso, pero también sabían que su boca no se atrevería nunca a decirlo.
- Como quieras- dijo Blanca cansada de intentar nada.

Brida sabía que tenía que esperar unos minutos para que se quedara todo vacío. Como todos los días, se levantó del pupitre, no sin antes haber calculado mentalmente cada paso que daría, y se dirigió por el pasillo a la escalera. Odiaba cuando alguien se sentaba en los escalones, robándole a su amiga íntima la Barandilla o a su amiga íntima la Pared.
Pero no había nadie, suspiró aliviada y emprendió otra de las aventuras que eran su día a día.
“Suerte que tengo a la Barandilla a mi lado y puedo disimular”, pensaba mientras vio abajo a los idiotas del E y a Blanca hablando con Pablo.
“Lástima...”, se dijo a sí misma, “Es mono…” Y siguió bajando con el pulso acelerado, deseando con todas sus fuerzas que él mantuviera su conversación con Blanca y no mirara hacia arriba.
Sin embargo, terminó de bajar el tramo de escaleras y se encontró con una mirada confusa, la que pesaba más, la que le provocó doble dolor. La de Pablo.
- ¡Me cachis!. Mierda...
Agachó la cabeza y siguió bajando por el lado opuesto de la eterna escalera, para que él no pudiera seguirla con la mirada.

Fue directa por el pasillo de la sala de profesores, intentando buscar un cómo seguir aguantando cosas así. Sólo podía esperar que todas aquellas miradas que encontraba cada día, no terminaran marcándola para el resto de su vida.

María Pino

sábado 4 de octubre de 2008

Punto de vista: La playa

Vivo en un vaivén constante, en un baile pausado y relajante, mi día transcurre entre suaves vueltas y largos movimientos. A veces, me siento como una bailarina de ballet, elegante y observada. Otras veces, como una madre que mece rítmicamente a su hijo entre sus brazos. El sol me alcanza, pero apenas logra rozarme cálidamente, sin mermar mi frescor. La luna tímida nos observa, celosa por no poder seguir viendo el espectáculo que ofrece el amanecer.

Mary Garavito
Al amanecer, sus invitados se despedían con abrumadoras muestras de cariño. No se percataban de que su falta de visión en el ojo izquierdo, era la que le producía ese mareo que la hacía tambalear y dar algún que otro traspiés, y no el exceso de champaña que, necesariamente, formaba parte del encanto de noches como aquella.
Ya en el exterior, la salida del sol inundaba el ambiente con un extraño color cianuro. Allí sentados, observaban el espectáculo un empleado del servicio de la limpieza y un mendigo al que le quedaba poco para llegar a anciano.
Era su manera de trasnochar.


Loreto Vidal
El escenario del crimen se parecía bastante a lo que estamos acostumbrados a ver en las películas de terror. Las paredes de la casa estaban ensangrentadas con palabras ininteligibles en nuestro idioma. Los cuerpos de los animales, esparcidos: restos de gallinas, gatos y perros. Era una verdadera masacre.

La gente del barrio comentaba que aquel señor callado parecía muy normal. Tenía una casa pequeña, con un pequeño huerto donde criaba a sus animales.Los vecinos cuentan que nunca había causado problemas, de hecho, la señora que vivía pegada a su casa, dijo: "era como una sombra".

Aún no sabemos qué se le cruzó esa mañana por la cabeza. Sólo pudimos observar con horror el espectáculo macabro de animales muertos, y su cuerpo desnudo, tumbado sin aliento, después de haberse pegado un tiro.

No dejó nota, ni explicación ninguna. Tal vez un ritual. Tal vez soledad. O simplemente, locura.


Luz Servodidio

jueves 2 de octubre de 2008

Al llegar a mi casa y, precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir, intrigada, decidí seguirme.
¿A dónde me disponía a ir?
Con mucha dificultad me giré hacia la pared, repasando mentalmente todo lo que me estaba sucediendo. Quería volver a dormirme. Tenía toda la curiosidad por saber a dónde se dirigían mis pensamientos en ese sueño. Estaba decidida a perseguirlos, a perseguirme. Tenía que averiguarlo, y así, tal vez, se abriría una gran puerta en mi inconsciente que me ayudaría a seguir el hilo de mi historia...

Pero no sabía cómo hacerlo, así que tragándome las lágrimas, volví lentamente a girarme y enredada en el edredón, estiré el brazo para encender la luz, pero era un cuarto nuevo y no sabía dónde estaba cada cosa.

Indignada, sabía que sólo me hacía falta tiempo para volver a cogerle el truco, como siempre me decía mi ente al oído: “No te preocupes, preciosa, que en esta vida todo tiene solución. Tienes que ser paciente, lo aprenderás con el tiempo. Búscale el truco al asunto. Sé que aprenderás a hacerlo”.

Inmediatamente supe hacia dónde me dirigía. Metí el brazo con mi característica rapidez bajo el edredón, ya no me hacía falta encender ninguna luz, ni aspirar en busca de creatividad.
Sabía que mi yo iba a caminar por esos senderos en busca de...


María Pino Brumberg