domingo, 9 de noviembre de 2008

Microcuentos de Mary Garavito

Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigada decidí seguirme. Pero me detuve y reflexioné. Mejor dejo que, aunque sea esa parte de mí, tenga tiempo para estar sola.


La aguja en el pie.
La chica deseaba intensamente el espectacular anillo de su suegra. Tomando ventaja del delicado estado de salud de la anciana, decidió entrar silenciosamente en la habitación y robarlo. Con los pies descalzos, abrió la puerta lentamente y se acercó al cofre de plata donde guardaba las joyas. Justo antes de abrirlo, sintió el pinchazo en el pie de una aguja de coser que la vieja había dejado caer al suelo. Sin darle importancia, la joven completó su misión y salió de la habitación.
A la mañana siguiente la suegra observó desde su cama el cofre abierto y se levantó. Pero más extraños le parecieron los pequeños pies dibujados con sangre que se perdían por el pasillo.




Sin darse cuenta, se encontraba en medio de la calle: desorientado, despeinado y con un roto en el pantalón que dejaba al descubierto parte de su trasero.


Robo.
El caniche saltó hasta robarle el tabaco que tenía entre sus dedos. El niño se puso a llorar porque era su último cigarrito de chocolate.

viernes, 31 de octubre de 2008

Al llegar a mi casa...: Claridad

Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado decidí seguirme. Pero me detuve y reflexioné. Mejor dejo que, aunque sea esa parte de mí, tenga tiempo para estar sola.

Mary Garavito

Contratos musicales

Tengo que escribir, tengo que hacer algo. Casi me disloco el hombro, imagínense que escuchas estupideces, digo yo, ups... Casi me desnuco. Como decía, comencé a cabecear... Qué sueño. No es normal que la luz me pegue tanto, es blanca, como de Sala de Urgencias. Me duelen los ojos, debo tener cara de irritado o, mejor dicho, de cansado. Si dejo de escribir me duermo. No sé qué… Otra vez me dormí con los ojos abiertos. "Retro" ¿qué digo? Todo esto de escribir dormido me resulta extraño... Agua, necesito agua. No sé qué es esto, si una historia, un relato breve o una novela. Creo que una tergo…

La voz desagradable del argentino me despierta, me pillaron cabeceando y cerrando los ojos. Se me dilatan las pupilas.
Ahora estoy despierto, acabo de leer lo escrito y, definitivamente, dormía. No me acuerdo de casi nada, y qué más da. Desperté. Todavía quedan un par de horas de curso.

Alexander Negrín

domingo, 19 de octubre de 2008

Al llegar a mi casa...: Claridad

Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigada, decidí seguirme. Iba como volando por la calle. Me dirigí a casa de mi mamá, donde sólo en pensamientos puedo estar y, ciertamente, llegué. Estaba allí, con ella, a su lado. Sentada, la abrazaba, pero no me sentía. La besaba..
En el camino tropecé con mil cosas, pasé por calles que conocía. En mi recorrido todo era familiar: la zapatería, la cancha, la panadería... La misma gente de toda la vida: la señora Loli y el señor Juan. Lo recordé todo. Sin embargo, poco a poco, me di cuenta de que ninguno me veía.
Entonces, simplemente, decidí regresar a mi casa, abrir la puerta y, ahora sí, entrar a disfrutar de la realidad.
Vanessa Fontana

Instante antes de despertar: los sentidos

De lo único que se acuerda mi subconsciente, es de parar el móvil que no deja de sonar a las 5:20 y en terribles intervalos de dos minutos. Sólo diez minutos más para poder asumir que debo quitarme de encima la sabana, la cobija y el abrazo de Alexander, que tan a gusto me envuelven toda la noche.
Vanessa Fontana

Instante antes de despertar: los sentidos

Empiezo a escuchar el maullido de un gato que, entre dormido y despierto, pienso en si estará en mi sueño o si será realidad. Cuando medio abro los ojos, escucho al gato del coño, ése.
Le tiro la almohada y, por supuesto, no llega ni al final de la puerta.

Nelson Méndez

Objetivo: una escena.

-Brida, ¡a la pizarra!- exclamó la profesora.
-No lo tengo hecho, seño…- contestó Brida insegura, bajando la mirada mientras notaba los ojos de la señorita clavados con lástima sobre ella.
-¿No has hecho la tarea o es por otra cosa, Brida?- preguntó la seño.
-No. No la hice-, dijo ella nerviosa y cortante, roja como un tomate, y pensando en qué era lo que esperaba que le dijera delante de toda la clase y pensando también en las excusas que pondría para escabullirse... Una vez más.

-¡¡Tía!! ¡Le enseñé las fotos a Pablo en la guagua y quiere conocerte hoy, en el recreo!-
Blanca estaba emocionada.
- No creo que sea una buena idea, sabes que no salgo con chicos del colegio- contestó Brida, apenada.
- No seas tonta..- le dijo Blanca, sin querer comprender el porqué.

El timbre del recreo sonó puntual. Todos salieron apresurados de clase, mientras Brida se perdía en sus libretas, haciendo que escribía.
- Vete bajando tú. Voy a mirar unas cosas y ahora salgo. Brida leyó en los ojos de su amiga que sabían el porqué del retraso, pero también sabían que su boca no se atrevería nunca a decirlo.
- Como quieras- dijo Blanca cansada de intentar nada.

Brida sabía que tenía que esperar unos minutos para que se quedara todo vacío. Como todos los días, se levantó del pupitre, no sin antes haber calculado mentalmente cada paso que daría, y se dirigió por el pasillo a la escalera. Odiaba cuando alguien se sentaba en los escalones, robándole a su amiga íntima la Barandilla o a su amiga íntima la Pared.
Pero no había nadie, suspiró aliviada y emprendió otra de las aventuras que eran su día a día.
“Suerte que tengo a la Barandilla a mi lado y puedo disimular”, pensaba mientras vio abajo a los idiotas del E y a Blanca hablando con Pablo.
“Lástima...”, se dijo a sí misma, “Es mono…” Y siguió bajando con el pulso acelerado, deseando con todas sus fuerzas que él mantuviera su conversación con Blanca y no mirara hacia arriba.
Sin embargo, terminó de bajar el tramo de escaleras y se encontró con una mirada confusa, la que pesaba más, la que le provocó doble dolor. La de Pablo.
- ¡Me cachis!. Mierda...
Agachó la cabeza y siguió bajando por el lado opuesto de la eterna escalera, para que él no pudiera seguirla con la mirada.

Fue directa por el pasillo de la sala de profesores, intentando buscar un cómo seguir aguantando cosas así. Sólo podía esperar que todas aquellas miradas que encontraba cada día, no terminaran marcándola para el resto de su vida.

María Pino

sábado, 4 de octubre de 2008

Punto de vista: La playa

Vivo en un vaivén constante, en un baile pausado y relajante, mi día transcurre entre suaves vueltas y largos movimientos. A veces, me siento como una bailarina de ballet, elegante y observada. Otras veces, como una madre que mece rítmicamente a su hijo entre sus brazos. El sol me alcanza, pero apenas logra rozarme cálidamente, sin mermar mi frescor. La luna tímida nos observa, celosa por no poder seguir viendo el espectáculo que ofrece el amanecer.

Mary Garavito
Al amanecer, sus invitados se despedían con abrumadoras muestras de cariño. No se percataban de que su falta de visión en el ojo izquierdo, era la que le producía ese mareo que la hacía tambalear y dar algún que otro traspiés, y no el exceso de champaña que, necesariamente, formaba parte del encanto de noches como aquella.
Ya en el exterior, la salida del sol inundaba el ambiente con un extraño color cianuro. Allí sentados, observaban el espectáculo un empleado del servicio de la limpieza y un mendigo al que le quedaba poco para llegar a anciano.
Era su manera de trasnochar.


Loreto Vidal
El escenario del crimen se parecía bastante a lo que estamos acostumbrados a ver en las películas de terror. Las paredes de la casa estaban ensangrentadas con palabras ininteligibles en nuestro idioma. Los cuerpos de los animales, esparcidos: restos de gallinas, gatos y perros. Era una verdadera masacre.

La gente del barrio comentaba que aquel señor callado parecía muy normal. Tenía una casa pequeña, con un pequeño huerto donde criaba a sus animales.Los vecinos cuentan que nunca había causado problemas, de hecho, la señora que vivía pegada a su casa, dijo: "era como una sombra".

Aún no sabemos qué se le cruzó esa mañana por la cabeza. Sólo pudimos observar con horror el espectáculo macabro de animales muertos, y su cuerpo desnudo, tumbado sin aliento, después de haberse pegado un tiro.

No dejó nota, ni explicación ninguna. Tal vez un ritual. Tal vez soledad. O simplemente, locura.


Luz Servodidio

jueves, 2 de octubre de 2008

Al llegar a mi casa y, precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir, intrigada, decidí seguirme.
¿A dónde me disponía a ir?
Con mucha dificultad me giré hacia la pared, repasando mentalmente todo lo que me estaba sucediendo. Quería volver a dormirme. Tenía toda la curiosidad por saber a dónde se dirigían mis pensamientos en ese sueño. Estaba decidida a perseguirlos, a perseguirme. Tenía que averiguarlo, y así, tal vez, se abriría una gran puerta en mi inconsciente que me ayudaría a seguir el hilo de mi historia...

Pero no sabía cómo hacerlo, así que tragándome las lágrimas, volví lentamente a girarme y enredada en el edredón, estiré el brazo para encender la luz, pero era un cuarto nuevo y no sabía dónde estaba cada cosa.

Indignada, sabía que sólo me hacía falta tiempo para volver a cogerle el truco, como siempre me decía mi ente al oído: “No te preocupes, preciosa, que en esta vida todo tiene solución. Tienes que ser paciente, lo aprenderás con el tiempo. Búscale el truco al asunto. Sé que aprenderás a hacerlo”.

Inmediatamente supe hacia dónde me dirigía. Metí el brazo con mi característica rapidez bajo el edredón, ya no me hacía falta encender ninguna luz, ni aspirar en busca de creatividad.
Sabía que mi yo iba a caminar por esos senderos en busca de...


María Pino Brumberg

lunes, 22 de septiembre de 2008

Me gusta, no me gusta...

Me encanta ver la televisión, en especial todas las series, aunque no me gusta ver las noticias. Me encanta acariciar a mi perrita, me encanta abrazar a Alexander y no me gusta que me traten mal, no ser tomada en cuenta.
Me gusta oír la voz de mi mamá cuando hablo con ella pero me da pánico que fume. Adoro cómo cocina mi hermana pero no soporto el egoísmo.
Me gusta mucho el sabor y el olor del café sin embargo, no puedo con el sabor del hígado.
No me gusta hacer ejercicios, pero me encanta estar relajada y en paz.
Me encanta llevarme bien con mi marido y amigos, me encanta compartir. No soporto el chisme.
Me encanta sentir la energía positiva que me inspiran Mary, Cheché y Alexander. No soporto rodearme de gente que siempre piensa que todo está mal.
Me encanta que Alexander me haga reir y que siempre esté feliz. No me gusta que me impongan las cosas.
Me encanta hablar. No me gusta para nada sentir los hielos ni las bebidas frías: no me gusta el frío en la boca.


Vanessa Fontana
Septiembre 08

Las Brujas

Míralas cuidadosamente a los ojos, porque encontrarás fuego en el centro de cada ojo, donde normalmente hay pureza.

Si es una bruja, el cielo cambiará de color y verás flores marchitándose o verás un sapo bailando justo en el centro de ese punto. Te darán escalofríos por todo el cuerpo. En realidad, las brujas no son seres malvados. Parecen monstruos. Hablan como las cotorras y pueden actuar como las cabras. Pero, de hecho, son seres completamente diferentes. Son descuidadas, por eso tienen garras y cabello despeinado y por eso usan ese sombrero, todo lo cual tienen que disimular lo mejor que pueden delante de la gente de su pueblo.

Nunca puedes estar absolutamente seguro de si una mujer es malvada sólo con mirarla. Pero si lleva guantes, si tiene garras y los ojos lleno de fuego, su pelo es largo y despeinado y si, además, sus dientes están caídos, si tiene todas esas cosas, entonces, te hechizará.


Nelson Méndez
Septiembre 08

sábado, 20 de septiembre de 2008

Casa-corazón

Aquel lugar tenía la gracia especial que da la exuberante naturaleza. La casa estaba rodeada por un espeso bosque de árboles muy antiguos, perdida en las enormes montañas. Se mimetizaba perfectamente con el resto del paisaje. La casa respiraba por sí misma, no tenía la apariencia de algo inanimado. Esta casa tenía un corazón que latía con prisa, debido a la necesidad de adaptarse a las diferentes estaciones, que la apuraban, cada tres meses, a cambiar de aspecto y de color.Si bien sus paredes eran viejas y estaban cubiertas en su mayor parte por algo de humedad, su corazón viviente tenía el vigor de los robles milenarios que la rodeaban.El moho le hacía cosquillas en sus gastadas vigas en el otoño; los pinos oficiaban de abanicos particulares durante el verano. Mientras que el invierno, le ayudaba a contraer sus ruidosas bisagras, que, con los años y el calor, parecían aflojarse. La primavera penetraba en la casa no sólo con sus aires renovadores y cargados de vida, sino también con la infinidad de pajaritos, que se empeñaban en anidar a sus polluelos por todo el tejado. Y ni hablar de las flores que brotaban radiantes, con sus nuevos vestidos de temporada, sin disciplina, ni alineación. Pequeñas anárquicas, que brotaban por capricho donde mejor les parecía. La casa tenía un corazón tierno y sentía gran debilidad por estas presumidas invasoras: la casa adoraba la primavera. La vieja hechicera nunca pensó que la casa disfrutara tanto de su regalada vida. Aquello sólo fue uno de sus extravagantes experimentos porque nunca vivió en su interior. Ella decía que no era capaz de convivir con nadie, y menos con una casa, cuyo latir aturdía en todos los rincones con su “tuc-tuc” incesante.
A pesar de éso la casa no estaba sola. Le hacían compañía los elfos, duendes y hadas que salían de sus flores, árboles, lagos y madrigueras para jugar a ser humanos. Era muy divertidos verlos simulando tomar el té y reposar en sus aposentos, aunque todos ellos preferían la miel sorbida de los panales, el néctar de las flores y para descansar, una mullida hoja de helecho. Pero la casa era muy feliz observando a sus invitados, y hasta a veces, podía participar con el alma alborotada de emoción.

Luz Servodidio
Septiembre 08

Reloj-Estrella (Microcuento)

El reloj de la pared marca la hora en que la noche llega, donde se puede ver una estrella que ilumina el cielo oscuro hasta el infinito.


Vanessa Fontana
Septiembre 08

Me gusta, no me gusta...

Me gusta reír, hacer reír; pensar mucho y hablar poco; analizar y buscar sentido a lo que me dicen, a lo que veo o siento. No me gusta que me utilicen, no me gusta que me ataquen sin sentido. Tampoco me gustan la envidia ni las gambas.
Me encanta el sabor y el aroma de la vainilla y disfruto escuchando el silencio. Me gusta que me espere mi perro, me gusta mi bebé, me encanta decorar, escuchar consejos y darlos también... No me gusta que mi esposa me regañe aunque me gusta escuchar hablar a los demás. Me gusta la suavidad de la plastilina, me gusta que reconozcan mis logros y arroparme cuando hay frío. Disfruto con el frío.

No me gusta lo dulce, me gusta mi tatuaje, me gustan las motos (me gustan las motos). Me gusta oler.



Alexander Negrín

Septiembre 08

La Chica del rostro naranja

En el centro del salón siempre está, inmóvil, la chica del rostro naranja. Delgada y perfilada, nunca emite sonido pero, por sus labios solemnes, debe tener una voz aguda y cortante.

Desde su pedestal, observa lejana el taller de literatura, de igual manera debe observar el taller de pintura y a sus participantes. Si pudiera hablar, tendría millones de cuentos interesantes que contar.

Su mirada taciturna, su cabello corto y perfectamente peinado, su cuello recto y estirado… Nunca se me ocurriría invitarla a tomar unas cañas.

Todos los sábados la veré igual de fría e intocable, iluminada por la lámpara de colores que está sobre ella. Igual de naranja, igual de inmóvil.


Mary Garavito
Septiembre 08