domingo, 25 de abril de 2010

HUMEDAD

Para cuando empezó a llover, yo ya estaba mojada.

Faina Glez.
3º premio
I Concurso de Microrrelatos
El Corte Inglés
(23/04/2010)

Y COLORÍN, COLORADO...

A pesar de aquel repugnante sabor a sapo que tenía en los labios, seguía siendo soltera.

Javier Rodríguez
4º premio
I Concurso de Microrrelatos
El Corte Inglés
(23 de abril de 2010)

sábado, 17 de abril de 2010

CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE

Aurelio se levantó antes del amanecer, y como todos los días, encendió su transistor y se sirvió un Jack Daniel´s para desayunar. La silla se quejó con un crujido cuando se sentó, y cuando se disponía a sacar la pipa del bolsillo, sonó el timbre.

Se extrañó, no sólo porque era demasiado temprano para recibir visitas, sino porque no solía tenerlas. Se acercó a la ventana y fisgó detrás de la cortina. En la oscuridad de la noche no podía ver quién era. Suspiró, encendió las luces, cogió su bastón, y salió a lo que en el pasado fue un bonito jardín. Reconoció a Manuel, un antiguo compañero de trabajo, y se acercó a la verja de la puerta. La idea de invitarle a entrar ni si quiera pasó por su cabeza.

―¿Qué tal, Aurelio?—preguntó Manuel―. Hace mucho tiempo que no te veía, desde que te jubilaste…

―No me vengas con temas, que no son horas de andar tocando en casa de la gente. ¿Qué coño quieres? ―bufó Aurelio.

―Esto…Mira, es importante, en otro caso no vendría a molestarte. Ya sabes que mi mujer, María, lleva enferma muchos años y a estas alturas Dios está a punto de llevársela. Pero hoy nos han avisado de que hay una plaza libre en el hospital de San Clemente, y si la ingresamos allí, hay muchas probabilidades de que se salve…―balbuceó Manuel.

―¿Y a mí qué me cuentas?―gruñó el otro.

―Es una clínica privada, Aurelio, hay que pagar el primer mes por adelantado y bien sabes que yo no me lo puedo permitir. Si me ayudaras…sería una obra de caridad muy generosa por tu parte. Dios te lo pagará, y por supuesto, yo intentaría devolvértelo poco a poco…

―¡¡Lárgate de aquí!!Me importa una mierda que tu mujer se esté muriendo, sois todos unos ladrones, sólo queréis robarme el dinero. ¡Y no vuelvas!

―Pero Aurelio…―sollozó Manuel―te has ganado el gordo de la lotería, eres multimillonario, por favor, ten un poco de misericordia…

Aurelio lo dejó hablando solo y volvió a entrar en la casa. Se lavó la cara. Con la misma toalla con la que se secó, quitó el polvo acumulado en el espejo durante años. Se miró fijamente. Su mujer había muerto el día en que ganó la lotería, ni siquiera llegó a enterarse de la buena noticia. Odiaba aquel dinero con toda su alma, no lo había tocado desde el día en que lo dejó en su cuenta. Y, desde luego, no pensaba usarlo para salvar a la mujer de otro.

Lana Drown
Abril, 2010

viernes, 16 de abril de 2010

COMPLETAR UN RELATO (CLARIDAD)

Míralas cuidadosamente a los ojos, porque según el color, sabrás su estado de ánimo. Si están de buen humor, serán de un verde intenso, si están enfadadas, el color será más oscuro. Pero sobre todo tienes que fijarte en el centro de cada ojo, donde normalmente hay un minúsculo cristal de espejo, en el que podrás ver reflejada tu expresión: no la de ahora, sino la que tendrás dentro de un año.

Si es una bruja, el medallón de cobre que cuelga de su cuello cambiará de color, y la verás luchando con fiereza en la guerra entre los clanes, o verás a su tribu formando un círculo en la celebración de la Luna Llena, y a ella bailando justo en el centro de ese punto. Te darán escalofríos por todo el cuerpo. En realidad, las brujas no son malas. Parecen monstruos. Hablan como las cotorras y pueden actuar como las arpías. Pero, de hecho, son seres completamente diferentes. Son las perdedoras de la Gran Guerra Mágica y eso trajo graves consecuencias para ellas. Por eso tienen garras y uñas afiladas y narices enormes llenas de verrugas, todo lo cual tienen que disimular lo mejor que pueden delante los humanos, que siempre han sido sus amantes y a los que ahora no son capaces de seducir por su extrema fealdad.

Nunca puedes estar absolutamente seguro de si una mujer es en realidad una bruja, sólo con mirarla. Pero si lleva guantes, si tiene un vestido de cuello alto con el que se cubra el medallón, los ojos escondidos tras unas gafas oscuras y su pelo muy rubio casi tirando a blanco y si, además, sus dientes parecen una dentadura postiza, si tiene todas esas cosas, entonces es bastante probable que sea una desdichada bruja encubriendo su verdadera apariencia, desesperada por enamorar a un hombre, como hacían antaño.

Lana Drown
Abril, 2010

8 PALABRAS

Los invitados van entrando en pequeños grupos, aun así, apenas distingo ya la alfombra de color gris marengo, pues el salón está prácticamente lleno. Las miradas que se posan sobre mí me resultan abrumadoras: odio ser el centro de atención.

Entran dos nuevas parejas de mediana edad. Son gente importante, lo veo en la efusividad con que mi padre les saluda. Cuchichean mirándome descaradamente, no lo soporto. Disimulo haciendo que se me ha metido algo en el ojo, saco el espejo de plata de mi bolso y tras un minuto lo vuelvo a guardar. Doy un sorbo largo a mi copa de champaña con la esperanza de que merme mi malestar. Vuelvo a rellenarla.

Veo a una de las camareras pasando la bandeja de los canapés, la conozco, es un encanto. Decido centrarme en ella y así evitar estar pendiente de la multitud, pero se dirige hacia la salida y no la vuelvo a ver.

Me encuentro mal, no he bebido tanto, me pregunto si alguien habrá puesto cianuro en mi copa. Sería un alivio que acabaría con esta agonía, pero no tengo esa suerte.

Los invitados ya están sentados, el anciano que está a mi lado se levanta y empieza a hablar. Da comienzo la maldita ceremonia. Esta noche, incluso él, tendrá que trasnochar.

Lana Drown
Abril, 2010

miércoles, 7 de abril de 2010

8 Palabras

Nadie había reparado hasta entonces en uno de los invitados. Tras interminables episodios de consumo indiscriminado, todas las cosas que pudieran suceder se presentarían abrumadoras ante el ojo no adiestrado de aquel francés.

Un reconocido enólogo, recién llegado de La Champaña, disfrutaba asustado de cuanto le rodeaba. Una tensa sonrisa era su único vestuario. Era un tipo con encanto, aunque eran pocos los que le dirigían siquiera una mirada cómplice.

En el momento en el que aquel sinsentido le sobrepasó buscó la salida –después de recuperar su ropa- y, dando las gracias por no despedirse de sus anfitriones echando cianuro en sus copas, paró un taxi. Cuando aquella pocilga amarilla se detuvo a su lado, comprobó que no estaba libre. En el asiento de atrás, sentados pero inertes, un anciano y su adolescente acompañante le miraban sin verle. No intentó entender aquella situación. Se sentó junto al conductor, le indicó la dirección de su hotel y se quedó dormido en cuanto arrancó. Al despertar de la mayor de las resacas pensó: no volveré a trasnochar.

Javier Rodríguez
Abril, 2010
(IV edición)

Sonrisas por ladrillos (tratamiento del personaje)

“Buenos días. Mi nombre es Tania Miralles y vamos a estar juntos durante esta jornada. Intentaremos encontrar, entre todos, la mejor manera de utilizar nuestras habilidades, nuestro talento y nuestras ilusiones con el objetivo de dinamizar esta zona trabajando con los vecinos. Nada más y nada menos”.

Tania se movía lentamente de un lado a otro del estrado, mirando a los ojos de los asistentes. Gesticulaba pero sin ademanes. Sonreía sin restar seriedad a lo que iba diciendo. Su voz, pausada y grave, subrayaba cada idea como si lo hiciera en un folio escrito, deteniéndose cuando la idea era realmente importante y nunca, nunca, señalaba.

“Ponerse en el lugar de otra persona no es una tarea sencilla pero es el paso previo a cualquier decisión que vayamos a tomar al intervenir en este ambiente. No debemos usar nuestros ojos para mirar o nuestros oídos para escuchar, pero sí nuestras manos y brazos para acoger y comprender a sus residentes.

No queremos cambiar sus vidas. Queremos mejorarlas o, mejor aún, ayudarles a que las mejoren”.

Mientras decía aquella frase cambiaba de diapositiva y nos presentaba una ‘foto de familia’ de los más de doscientos vecinos con los que íbamos a trabajar. Nos conquistaba con su sereno entusiasmo, con sus sentencias casi mesiánicas y aquella sensación de saber que nada podría salir mal.

“He estado en el otro lado. Durante años trabajé para intentar que abandonasen el barrio, derruir sus casas y secuestrar sus sueños… sólo para construir. Lo llamo ‘ladrillos sin excusa’. Imaginen aquello que consideren más opuesto a un ladrillo. ¿Qué es? No lo digan. Cada uno deberá conservar esa imagen durante el tiempo que dure este proyecto. Eso será lo que deban construir. Créanme. Funciona”.

Ahora paseaba entre nosotros, su sonrisa era más evidente. A medida que serpenteaba entre las sillas entregaba un folio a cada asistente, colocándolo con la cara impresa hacia abajo. Cuando nos pidió que le diéramos la vuelta cada uno descubrió una sonrisa que habían dibujado los niños del barrio.

“Pongamos esas sonrisas en sus caras. Nada más y nada menos”.

Javier Rodríguez.
Abril, 2010
(IV edición)

martes, 6 de abril de 2010

Sensación/Emoción

FRÍO

Al ajustar mis gafas creí que mi nariz había desaparecido. Era eso o que mis dedos empezaban a perder sensibilidad. Seguidamente un escalofrío recorrió mi espalda, exactamente de norte a sur, provocando que me acurrucase en la silla. Tiritaba como cuando estaba nervioso y mis dientes sonaban al chocar. Fui a por un jersey.

CALOR

Cuando aquella gota de sudor atravesó mi frente ya había desabrochado el primer botón. Era, casi, como tener fiebre: estaba apático, algo pesado. Podía notar cómo, al respirar, el aire iba quemando a su paso. Las manos, pegajosas, evitaban tocarme. Me sentía sucio. Me remangué, solté otro botón y usé el periódico como abanico.

Javier Rodríguez
Abril, 2010
(IV edición)

viernes, 2 de abril de 2010

RECUERDO EL DÍA QUE... (ejercicio de desbloqueo literario)

Recuerdo el día en que aquel chico pasó por mi lado. Fue un aguijonazo placentero, una alegría angustiosa. En aquel momento, el mundo se paró. Y luego, continuó girando a toda velocidad, como recuperando el tiempo perdido. Aún así, yo me quedé estancada en aquel momento en el que descubrí que había miradas abrasadoras que podían derretir el corazón más escéptico.

Nunca he estado orgullosa de frágil capacidad memrística. Pero ahora me doy cuenta de que, quizás, sea un asunto baladí y es que, en la mayoría de las ocasiones, los detalles son algo superfluo e insignificante. Por lo general, basta simplemente con recordar el impacto que tuvo tal o cual cosa en uno mismo. Es lo mismo que pasa con los libros que uno leyó hace años. ¿Qué más da recordar hoy el nombre de todos los protagonistas? ¿Acaso es necesario? Lo realmente importante es recordar cómo aquel libro transformó tu vida a partir del día en que cayó en tus manos.

Daida Bencomo
Marzo, 2010

ÓLEO SOBRE RENCOR (Tratamiento del personaje)

"En la esquina superior izquierda, junto a un sol escondido tras nubes que no parecen amenazantes, se presenta lo que pudiera ser un ángel caído. 'Algo' que no desprende luz, que no transmite otro sentimiento que no sea la apatía. Como pueden ver, los trazos, imprecisos, apenas definen su contorno con la excepción del rostro que muestra, claramente, la derrota. Observen a su lado, y en la diagonal hacia el centro del lienzo, un árbol invertido -sin raíces, con apenas alguna rama seca y sin fruto- que parece una flecha estéril que apunta hacia lo que se presenta como la metáfora de un robo: una mano, quizás, una garra, que brota de las entrañas de la tierra queriendo llevarse algo que, pudiera no estar presente en la obra. Sorprende la presencia, también a modo de boceto, de lo que pudieran ser niños pero que han sido intencionadamente, emborronados."

-Si en toda su obra utiliza sólo un color... ¿Por qué en este cuadro aparecen los niños ocultos tras una mancha roja?- preguntó nuestra profesora.

Muchas de las respuestas que emitieron mis compañeros giraban en torno a la pasión, a la intensidad o al desasosiego de la autora. Yo callaba porque sabía la verdad. Cuando aquella situación se tornaba en debate, escuchamos una voz que consiguió el silencio y el girar de inquietos rostros buscando ver quién había hablado. Entonces, repitió:

-Se me terminó el negro, no le den más vueltas.

Había estudiado tanto su obra y su vida que terminé por entrar en ella. Creo que era la única persona que la visitaba en su casa. Ella tenía tiempo y yo, en mi ignorancia, pensé que podría sacarla de su cárcel de ausencia de fe. Fe en las personas, en los ideales, en el mañana... No me abrió su corazón pero sí alguno de sus sentimientos. Por eso la invité a nuestra visita.

-Aún no está terminado, pero el Museo se empeñó en traerlo. Ellos sabrán.

Dió media vuelta y se alejó del grupo. Corrí tras ella para darle las gracias por su visita, breve, pero efectiva. Sólo quería demostrar a la profesora y a mis compañeros que cuanto más sabemos -o creemos saber- de arte, más complejas justificaciones buscamos para las cosas más sencillas. Claro que, aquella artista, gris como su visión del futuro, había sufrido un episodio que la condenaría a usar para siempre a usar aquella silla, a no poder tener hijos y a no apreciar otra cosa que no fuera el dolor, la ira y el rencor que sentía hacia quien lo había provocado. Pero eso no justificaba aquel borrón rojo. No. Tan solo se le había terminado el negro.

Aquella frágil mujer podía habernos enseñado muchas cosas ese día, pero decidió enseñarnos, desde el rencor, a mirar de una manera más sencilla. Nuestra profesora jamás comentó aquella visita, jamás corrigió el libro de texto. Se limitó a repasar a los impresionistas. Yo... Dejé de estudiar arte.


Javier Rodríguez.
Abril 2010
(IV edición)