martes, 12 de octubre de 2010

SENSACIÓN/EMOCIÓN: EL DESPERTAR.

La alarma de despertador taladró sus oídos, soltándola en el vacío del presente y su mente, dando vueltas, caía apresuradamente mientras se ordenaban sus pensamientos provenientes de la ausencia más absoluta. Su mano apagó aquel ruido intermitente, buscó el interruptor de la luz entre los barrotes de la cama y pensó: las seis, ya. Tengo que levantarme. Hoy me dejo el pelo -¡el pelo!- liso. La blusa verde y me pintaré. Abrió primero un ojo, mientras se frotaba el otro, cegada por la luz. Pisó el suelo congelado buscando las zapatillas. Con un movimiento lento y desacompasado, recorrió el pasillo hasta la cocina. Su garganta seca le pidió el vaso de agua fría matutino, que tomó muy lentamente. “Gracias, Señor, por seguir viva” pensó. Y lo repitió en voz alta: se lo debía, después de la última sesión de quimioterapia del día anterior.

Lo tenía ya muy claro por aquel entonces: Que sea lo que tenga que ser, yo no voy a seguir torturándome, se dijo a sí misma. Y sonrió.

Elena Martín
Octubre, 2010

PUNTO DE VISTA: NARRADOR OMNISCIENTE PURO

Miriam llegó y dejo sus cartas en la mesa. Raúl no pudo evitar querer leerlas. Se acercó y sintió que aquello no estaba bien pero cogió un sobre. Rápidamente entró en su cuarto y cerró la puerta. “Querida Miriam: te he escrito para decirte que ya ha llegado. Sé lo mal que lo debes estar pasando pero quédate tranquila, él va a estar bien. En honor a ti, lo llamaremos Mario”. Raúl paró de leer. Le empezó a temblar la mano y se sentó en la cama. Se sintió la persona más despreciable de este mundo al darse cuenta de que Miriam no tenía un amante, como sospechaba, sino un hijo. Por eso no había querido volver el año pasado. Su hermana necesitaba aquel dinero que tanto le pidió y decidió dárselo el último verano.
Sin esperar un minuto más, salió de la habitación, colocó el sobre junto a los otros y corrió a su encuentro.

Elena Martín
Octubre, 2010

ESCRITURA AUTOMÁTICA

Una vez se fue, nos quedamos en silencio. “Bien, habrá que envolverlo y llevarlo a un crematorio” dijo el abuelo. Así nos dejó Sansón, una mañana de abril cuando empezaban a florecer los gladiolos de mi madre que tanto le gustaba pisar. Nosotros no queríamos que se lo llevaran e insistimos tanto, que papá nos dejó enterrarlo en el jardín.
Al año siguiente, empezaron a salir unas rosas de color mostaza que a mí, en particular, me recordaban al pelaje de Sansón. ¿Sería que ahora era un rosal? Cuando mi madre preguntó que de dónde habían salido aquellas rosas, dije:
―Mamá, aunque te parezca una locura yo creo que es Sansón, que quería que le recordáramos.
―Hija mía eso es precioso pero no lo sé. Quizás sea hora de traer un nuevo inquilino a casa.

Y así fue cómo llegó “Bruto”, que como su nombre indicaba, tenía mucha energía. Era negrito y con los ojos grandes. Nada más verlo, mis hermanos y yo saltamos de alegría pero además sentí que me resultaba muy familiar. En sus ojos se transmitía un amor infinito que parecía decir “He vuelto”. Esta vez no le conté a nadie mi sensación. Me la guardé para mí sola. Pero creo que todos sintieron lo mismo que yo.
–Bienvenido―dijo mi padre―ya eres parte de la familia.
Entonces Bruto salió corriendo y empezó a pisar los gladiolos de mi madre que tanto fastidiaban a Sansón.
–¡Bruto! ¿Es que todos los perros están en contra de mis flores?―dijo mi madre mientras todos nos echamos a reír. Me levanté rápidamente y lo cogí en brazos. Me acerque a su oreja y le dije susurrando: Bienvenido Bruto. O quién quiera que seas.
Elena Martín
Octubre, 2010