martes, 12 de octubre de 2010

ESCRITURA AUTOMÁTICA

Una vez se fue, nos quedamos en silencio. “Bien, habrá que envolverlo y llevarlo a un crematorio” dijo el abuelo. Así nos dejó Sansón, una mañana de abril cuando empezaban a florecer los gladiolos de mi madre que tanto le gustaba pisar. Nosotros no queríamos que se lo llevaran e insistimos tanto, que papá nos dejó enterrarlo en el jardín.
Al año siguiente, empezaron a salir unas rosas de color mostaza que a mí, en particular, me recordaban al pelaje de Sansón. ¿Sería que ahora era un rosal? Cuando mi madre preguntó que de dónde habían salido aquellas rosas, dije:
―Mamá, aunque te parezca una locura yo creo que es Sansón, que quería que le recordáramos.
―Hija mía eso es precioso pero no lo sé. Quizás sea hora de traer un nuevo inquilino a casa.

Y así fue cómo llegó “Bruto”, que como su nombre indicaba, tenía mucha energía. Era negrito y con los ojos grandes. Nada más verlo, mis hermanos y yo saltamos de alegría pero además sentí que me resultaba muy familiar. En sus ojos se transmitía un amor infinito que parecía decir “He vuelto”. Esta vez no le conté a nadie mi sensación. Me la guardé para mí sola. Pero creo que todos sintieron lo mismo que yo.
–Bienvenido―dijo mi padre―ya eres parte de la familia.
Entonces Bruto salió corriendo y empezó a pisar los gladiolos de mi madre que tanto fastidiaban a Sansón.
–¡Bruto! ¿Es que todos los perros están en contra de mis flores?―dijo mi madre mientras todos nos echamos a reír. Me levanté rápidamente y lo cogí en brazos. Me acerque a su oreja y le dije susurrando: Bienvenido Bruto. O quién quiera que seas.
Elena Martín
Octubre, 2010

No hay comentarios: