domingo, 4 de diciembre de 2011

PALOS Y FREGONAS

Marta limpia por rumbas y tanquillos porque necesita fiesta y agua.

Marta Matamala
Diciembre, 2011

domingo, 4 de septiembre de 2011

LUNA IMAGINARIA (Narrador secundario)

Era la primera vez que yo iba a un lugar como aquel. Me fascinaba poder observar cómo todos se relacionaban con todos de una manera casi neurótica. En el rato que esperé por mi servicio, no sabría contar las conversaciones que empezaron y no terminaron. Asemejaban las gotas de mercurio encontrándose, juntándose para desaparecer como unidad y pasar a formar parte de un murmullo general.

El público que se daba cita aquella noche era de lo más diverso a mis ojos, pero prestando un poco más de atención pude ver cómo quedaban agrupados por características comunes. Allí los de negro. Al fondo los de las crestas. En la esquina los deportistas. Y junto a mí, los normales.

Me resultó curioso observar cómo -aunque el murmullo seguía vibrando en el aire- en los homogéneos grupos ya nadie hablaba. Sólo en las líneas fronterizas de aquella fauna solanácea, persistía un rumor que mencionaba Su nombre era como un desmembrado canto espiritual que costaba entender.

El local estaba repleto hasta los rincones. Solo el centro, que abarcaba un metro cuadrado más o menos, permanecía vacío. El murmullo cesó y, como atraídos por una luna llena imaginaria, todos reaccionamos: los de atrás, levantándose sobre sus puntillas y mirando al frente, los del centro mirando entre los hombros de los que les bloqueaban el paso y los de delante, flexionando su piernas y mirando hacia abajo como gárgolas. El suelo se abrió y dejó escapar un haz de luz que envolvía un cuerpo que ascendía entre humos.

Ahí estaba ella. La criatura más hermosa que yo había visto jamás y única razón para que todos estuviéramos allí esa noche.

Para cuando la sangre me volvió al cerebro, hacía ya rato que la música sonaba. Lo advertí por la armonía con la que sus labios, moviéndose, comenzaron a dejar sonar palabras en mí y para mí.

Hasta entonces solo pude observar su cuerpo y enamorarme de él.

Sus piernas largas, torneadas, fuertes y gráciles hacían equilibrios sobre unas aceradas agujas que al entusiasta movimiento de sus caderas, grababan lágrimas en el mármol del suelo: lágrimas de gozo que quedarían ahí para siempre.

Su espalda y sus nalgas, apenas perfiladas por unas bandas de seda plata, lucían casi doradas y con la fuerza de todos los atardeceres de una isla del trópico.

Jamás vi tanta luz antes, como cuando clavó en mí sus ojos casi amarillos y rasgados, enmarcados con abanicos de destellos azabaches.

Allí se paró el tiempo. Se paró la sangre en mis venas y se marcó el destino de la criatura allí, esa noche.

Justo después de aquella fracción de eternidad comenzó el bullicio de nuevo, todos reaparecieron en mi periferia queriendo ser yo, retándome, intentando hacerla suya. Llegué incluso a temer por mi éxito.

Yo sabía que, entre caricias a unos y guiños a otros, nuestras almas se habían tocado. Ya me pertenecía.

Serpenteó entre todos ellos como una aparición que congelaba su perímetro. Algunos lloraban a su paso y otros sudaban y cerraban los ojos –“hay que quererse mucho para mirarla de frente”-. ¡Yo lo hice! La miré de frente y la seguí por detrás, atravesamos la sala, era curioso pero el único que no se congelaba en su presencia era yo. Recorrimos un pasillo interminable y caluroso. Paso a paso me sentí desfallecer envuelto en un sopor que prometía algo grande. No fue grande, fue tan solo eterno.

Se giró sobre las puntas de los pies y las agujas de sus talones trazaron dos medias lunas sobre el mármol del suelo. Se acercó a mí y al contacto con sus labios quedé suspendido en el tiempo en que ahora vivimos todos. Luego mordió de mí. Y sorbió y chupó hasta mi último instante de voluntad.

La vi retirarse atravesando el pasillo y fundiéndose con la luz del fondo. El humo venía en mi busca y envolvía su cuerpo de nuevo, ocupó así el fondo de mis ojos y borró de mi vista todo rastro de su existencia.

Fuera, el murmullo la recibió de nuevo. Esta vez no la vi moverse, tan solo la música permaneció junto a su recuerdo y a dos lunas imaginarias trazadas sobre un suelo muy duro. Con seguridad, bailaría de nuevo. Enamoraría con el fulgor de sus ojos y el candor de su piel. Seguiría congelando el mundo a su paso y derritiendo otro corazón.

Seguiría haciendo que alguien se amara lo suficiente para que le sirviera de alimento.

Johnny Plasencia

Julio, 2011

¡AIREADA! (El ritmo del relato)

Me sorprendió de repente al doblar una esquina: casi consiguió magullarme. Sin duda me perseguía, pero yo intentaba mantener la calma. De improviso, salí corriendo despavorida. Se acercaba cada vez más, me acariciaba, me agitaba, no conseguía deshacerme de él. Lo tenía tan encima de mí, que casi me arranca el vestido de Hacendado.


Ricardo Cofré

Agosto, 2011

lunes, 15 de agosto de 2011

CAMPANARIO (Micro relato)

Mi habitación del hotel en Kranjska Gora daba a su lado. El reloj de la iglesia marcaba los cuartos con un din-don; las medias con un din-don-din-don; los tres cuartos, din-don-din-don-din-don y las en punto con un din-don-din-don-din-don-din-don. Por supuesto, a continuación, el número correspondiente a la hora.
La primera noche no dormí muy bien.

Marta Matamala
Agosto, 2011

sábado, 13 de agosto de 2011

RETRATO LITERARIO

Conocedora y desenvuelta entre tizas y pupitres de docencia, es una mujer de rostro jovial y risueño, respetuosa debido a su carácter verdadero, madura y comprometida en no dar malos ejemplos y sí buenos consejos. A su figura de complexión delgada y estatura media y elegante, le distingue un discreto y marcado vestuario actual. Tiene unos pronunciados carrillos junto a sus ojos divertidos que armonizan con un aspecto sano y de corazón alegre.

Siempre buena administradora en el encargo de su tiempo, a veces, cuando me habla, sus palabras emergen firmes irradiando actividad eléctrica en mi interior. Instalada en su realidad, deja que permanezcas junta a ella, suscitando amor ideal y desinteresado. Y esto me produce un sentimiento diferente.

Ricardo Cofré

Agosto, 2011

PUBERTAD AL VIENTO (Narrador omnisciente: protagonista)

Mis recuerdos me trasladan a años atrás. Por aquel entonces era un adolescente con unas intensas ganas de vivir experiencias cargadas de libertad. Era mi primer viaje, dejaba atrás amigos y familia para recorrer un largo viaje. Visité hermosos lugares a lo largo del país, los medios de locomoción eran viejos y destartalados pero muy divertidos. Los lugareños eran muy simpáticos y hospitalarios, tanto, que alguna vez me dejaron dormir en sus hogares.

El retrato de un paisaje con casas fabricadas de barro y cocinas humeantes por el fuego de leña, hacía sentirme un nativo más. Me quedé por más tiempo en un pueblo cercano a la cordillera, era verano pero temperatura era ligeramente fresca y un día decidí aventurarme por aquel lugar salvaje y remoto. Ya anochecía, pero ni siquiera encendí la linterna, quería experimentar un lugar sin edificios ni calles, sin alumbrado ni semáforos, incluso el ruidoso tránsito de vehículos.

Fue diferente: aquella noche me di cuenta de lo que era el planeta. Al volver tenía un hambre de lobo y sorprendentemente, había estofado de cordero. Con el estómago lleno y después de un día agotador, me metí en la cama de un salto y me quedé frito. Aquel catre con una base de paja y gruesas mantas elaboradas con lana de oveja me había entumecido todo el cuerpo. Me desperté temprano, no había absolutamente nadie excepto la señora de la casa.

Habían pasado tres días desde la última vez que mi cuerpo había acariciado el agua, en un riachuelo cercano de un agua cristalina y mientras se calentaba un enorme caldero, me quitaba la ropa. En aquel momento, me sentía osado: estar en aquel lugar tan natural y casi inexplorado era maravilloso. Paseé desnudo durante horas, quería sentirme libre como el viento. Era increíble andar por aquellas montañas y no sentir frío, aunque estuviese en pelotas.

No molestaba a nadie. Sabía que este viaje no lo hace la mayoría de la gente y quería sentirme que podía realizarlo por mí mismo.

Ricardo Cofré
Agosto, 2011

martes, 26 de julio de 2011

ME GUSTA, NO ME GUSTA... (Ejercicio de desbloqueo)

Me gusta quitar las pestañas que caen sobre las mejillas de las mujeres y pedir un deseo juntando los dedos pulgares. Aunque prefiero que sean ellas quienes ganen. Disfruto de un atardecer en la Geria y su luna, para después llegar a casa cuando llega la noche y darme un baño de agua caliente: me encanta tomarme el tiempo que haga falta y no me gusta que mi madre me interrumpa para decirme que debemos ahorrar agua. Me gusta, después del baño, vestirme y salir por ahí con los amigos aunque aborrezco que haya gente que beba en exceso y se formen peleas y problemas. Me gusta tomarme un vaso de leche fría y acostarme después. No me gusta dormir durante el día por eso muchas veces me voy a la playa después de la fiesta, o al monte a patear: soy mucho de darle caña al cuerpo y disfruto de los paseos al amanecer cuando el rocío te pega en la cara y aún está la ciudad dormida.

Me encanta hacer todo el deporte que quiero, sin asfixiarme ni cansarme como antes por culpa del tabaco. De hecho, ahora no me gusta nada fumar, prefiero tomar un zumo de frutas bien fresquito o una golosina. Me encanta estar ocupado todo el día y disfruto de cada cosa que hago: pintar con la vecina mientras escuchamos buena música o practicar taichí en donde sea.

Y allá donde voy, llevo mi libreta con mis relatos y un bolígrafo porque, si hay algo que me gusta de verdad, es cuando llega la inspiración y, me encuentre donde me encuentre, empiezo a escribir y ya nada me puede parar hasta que no veo el relato terminado y es entonces cuando pido la cuenta en el bar al que me gusta tanto ir -por la camarera, que me encanta- y me voy con la satisfacción de haber escrito algo que, me guste o no me guste, es lo que hay dentro de mí.


Enrique García

Julio, 2011

LLEGÓ LA HORA (MICRORRELATO)

Llegó la hora

Roberto sudaba, se agitaba en la consulta. “Sr. Escamilla oyó. Se levantó bruscamente, tragó saliva y contestó con un “yo” casi inaudible. La enfermera le dijo que pasara.

—Buenos días Roberto. Siéntese, ya tengo su tratamiento.

—Menos mal, creí que no tenía cura.

—No se preocupe hombre, todo tiene solución.

—Dígame doctor ¿qué debo hacer?

—Nada: dejarse morir.

—¿No hay otra solución?

—No. Es lo más recomendado en estos casos.

Se levantó tembloroso, “lo haré”. El doctor lo acompañó a la puerta, mientras le daba palmitas en la espalda y le dijo: “muy bien, muy bien… ¿Ve? como le dije, todo tiene solución.”

Piedad Hernández Bilbao

Julio, 2011

sábado, 2 de julio de 2011

ARRANCAMOS DE NUEVO

Hoy, sábado 2 de julio, arrancamos con la séptima edición del Taller. Hay mucha ilusión y ganas. Comienza el viaje...