Llegó la hora
Roberto sudaba, se agitaba en la consulta. “Sr. Escamilla” oyó. Se levantó bruscamente, tragó saliva y contestó con un “yo” casi inaudible. La enfermera le dijo que pasara.
—Buenos días Roberto. Siéntese, ya tengo su tratamiento.
—Menos mal, creí que no tenía cura.
—No se preocupe hombre, todo tiene solución.
—Dígame doctor ¿qué debo hacer?
—Nada: dejarse morir.
—¿No hay otra solución?
—No. Es lo más recomendado en estos casos.
Se levantó tembloroso, “lo haré”. El doctor lo acompañó a la puerta, mientras le daba palmitas en la espalda y le dijo: “muy bien, muy bien… ¿Ve? como le dije, todo tiene solución.”
Piedad Hernández Bilbao
Julio, 2011




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