domingo, 4 de septiembre de 2011

LUNA IMAGINARIA (Narrador secundario)

Era la primera vez que yo iba a un lugar como aquel. Me fascinaba poder observar cómo todos se relacionaban con todos de una manera casi neurótica. En el rato que esperé por mi servicio, no sabría contar las conversaciones que empezaron y no terminaron. Asemejaban las gotas de mercurio encontrándose, juntándose para desaparecer como unidad y pasar a formar parte de un murmullo general.

El público que se daba cita aquella noche era de lo más diverso a mis ojos, pero prestando un poco más de atención pude ver cómo quedaban agrupados por características comunes. Allí los de negro. Al fondo los de las crestas. En la esquina los deportistas. Y junto a mí, los normales.

Me resultó curioso observar cómo -aunque el murmullo seguía vibrando en el aire- en los homogéneos grupos ya nadie hablaba. Sólo en las líneas fronterizas de aquella fauna solanácea, persistía un rumor que mencionaba Su nombre era como un desmembrado canto espiritual que costaba entender.

El local estaba repleto hasta los rincones. Solo el centro, que abarcaba un metro cuadrado más o menos, permanecía vacío. El murmullo cesó y, como atraídos por una luna llena imaginaria, todos reaccionamos: los de atrás, levantándose sobre sus puntillas y mirando al frente, los del centro mirando entre los hombros de los que les bloqueaban el paso y los de delante, flexionando su piernas y mirando hacia abajo como gárgolas. El suelo se abrió y dejó escapar un haz de luz que envolvía un cuerpo que ascendía entre humos.

Ahí estaba ella. La criatura más hermosa que yo había visto jamás y única razón para que todos estuviéramos allí esa noche.

Para cuando la sangre me volvió al cerebro, hacía ya rato que la música sonaba. Lo advertí por la armonía con la que sus labios, moviéndose, comenzaron a dejar sonar palabras en mí y para mí.

Hasta entonces solo pude observar su cuerpo y enamorarme de él.

Sus piernas largas, torneadas, fuertes y gráciles hacían equilibrios sobre unas aceradas agujas que al entusiasta movimiento de sus caderas, grababan lágrimas en el mármol del suelo: lágrimas de gozo que quedarían ahí para siempre.

Su espalda y sus nalgas, apenas perfiladas por unas bandas de seda plata, lucían casi doradas y con la fuerza de todos los atardeceres de una isla del trópico.

Jamás vi tanta luz antes, como cuando clavó en mí sus ojos casi amarillos y rasgados, enmarcados con abanicos de destellos azabaches.

Allí se paró el tiempo. Se paró la sangre en mis venas y se marcó el destino de la criatura allí, esa noche.

Justo después de aquella fracción de eternidad comenzó el bullicio de nuevo, todos reaparecieron en mi periferia queriendo ser yo, retándome, intentando hacerla suya. Llegué incluso a temer por mi éxito.

Yo sabía que, entre caricias a unos y guiños a otros, nuestras almas se habían tocado. Ya me pertenecía.

Serpenteó entre todos ellos como una aparición que congelaba su perímetro. Algunos lloraban a su paso y otros sudaban y cerraban los ojos –“hay que quererse mucho para mirarla de frente”-. ¡Yo lo hice! La miré de frente y la seguí por detrás, atravesamos la sala, era curioso pero el único que no se congelaba en su presencia era yo. Recorrimos un pasillo interminable y caluroso. Paso a paso me sentí desfallecer envuelto en un sopor que prometía algo grande. No fue grande, fue tan solo eterno.

Se giró sobre las puntas de los pies y las agujas de sus talones trazaron dos medias lunas sobre el mármol del suelo. Se acercó a mí y al contacto con sus labios quedé suspendido en el tiempo en que ahora vivimos todos. Luego mordió de mí. Y sorbió y chupó hasta mi último instante de voluntad.

La vi retirarse atravesando el pasillo y fundiéndose con la luz del fondo. El humo venía en mi busca y envolvía su cuerpo de nuevo, ocupó así el fondo de mis ojos y borró de mi vista todo rastro de su existencia.

Fuera, el murmullo la recibió de nuevo. Esta vez no la vi moverse, tan solo la música permaneció junto a su recuerdo y a dos lunas imaginarias trazadas sobre un suelo muy duro. Con seguridad, bailaría de nuevo. Enamoraría con el fulgor de sus ojos y el candor de su piel. Seguiría congelando el mundo a su paso y derritiendo otro corazón.

Seguiría haciendo que alguien se amara lo suficiente para que le sirviera de alimento.

Johnny Plasencia

Julio, 2011

¡AIREADA! (El ritmo del relato)

Me sorprendió de repente al doblar una esquina: casi consiguió magullarme. Sin duda me perseguía, pero yo intentaba mantener la calma. De improviso, salí corriendo despavorida. Se acercaba cada vez más, me acariciaba, me agitaba, no conseguía deshacerme de él. Lo tenía tan encima de mí, que casi me arranca el vestido de Hacendado.


Ricardo Cofré

Agosto, 2011