jueves, 27 de diciembre de 2012

EL PERSONAJE:JORGE

   Jorge estaba acostumbrado a salir y follarse todo lo que se meneara, pero es cierto que su debilidad eran los gordos. Había desarrollado una obsesión por su vecino del 2º A, un tío casi sin expresión pero gordo como un tonel. 

   Aquella tarde calzado con sus Nike y un pantalón que dejaba ver los Calvin Klein se fue al cine. Por el camino se encontró a su “lechoncito”, como él cariñosamente lo llamaba, aunque sabía que ese término lo que hacía era ponerlo realmente caliente. En un pis pas, cambió la idea del cine por una velada con el gordo. Se acercó y con el descaro que únicamente dan los veintiún años, lo invitó a un refresco. El “lechoncito”, Fanta. Jorge, Red Bull. Pasada media hora la proposición fue clara: “¿follaremos en tu casa o en la mía?”

   Al gordo le iba a a estallar la cara. La tenía tan roja que notaba cómo la piel se le iba estirando. Jorge, en un intento de relajar el ambiente, le pasó la mano por el interior de los muslos. No hubo ni un atisbo de negación. El “lechoncito” se dejaba querer. No quería que parara, se mordía el labio sólo de tener la mano de aquel tipo cerca de su entrepierna. Sin dudarlo, tomó las riendas y beso a Jorge en la boca, delante de todo el mundo: un beso profundo que hizo que Jorge tuviera un erección que recordaba sólo en sus sueños más húmedos.

Salieron del bar, intentando contener el deseo, pero en cada rincón, en cada portal se paraban para sacar a pasear sus más bajas pasiones. No había control, sólo deseo, ganas de poseer al gordo, tantas veces como sus cuerpos aguantaran. En el último portal de la concurrida calle, pararon, entraron y justo en el entresuelo, se desnudaron. Había tanto ruido en el edificio, que los gemidos se confundían con las voces de los propios vecinos. Una única pregunta:

—¿Por qué yo, siendo como soy?

Jorge le contestó, sacando a pasear su ironía:

—Todo el mundo tiene su público.

Andrés Estévez
Diciembre, 2012

LA EMOCIÓN, EL SENTIMIENTO Y LA SENSACIÓN: LA MALETA

    Fue al llegar a Nueva Orleans cuando supe que debía deshacerme del cuerpo. Llevábamos varios días circulando por carreteras secundarias y había llegado el momento de parar. El cansancio era insoportable y el calor era una losa sobre mis hombros: había dejado de pensar. 

    Lo importante es que ahora estoy tranquilo y confieso que no recuerdo cuántos días hace que acabé con ella. Con esto no quiero decir que haya sido fácil. No lo ha sido en absoluto. Cuando por fin te decides, tienes que conseguir dejar de pensar, para poder salir adelante; de hecho, es la parte más complicada de todo este asunto porque nunca nadie ha dicho que matar sea fácil. 

    El miedo paralizante que recorrió mi cuerpo cuando le descerrajé tres tiros delante de la nevera, no tiene que ver ni con la culpa ni con el remordimiento... Digamos que mi garganta estaba seca y mis músculos yertos por el pánico a sentirme -por fin- libre. No. Fue pánico y euforia en las mismas dosis. 

    Desde ese día, llevo la maleta bien oculta en mi coche: no debía dejarla sola ni un momento. He dormido junto a ella siempre, aprovechando cualquier gasolinera que encontrara en el camino. Pero ha llegado el momento de dejarla atrás, aunque siempre creí que no iba a ser capaz de hacerlo. 

    Supongo que no me resultará fácil, cuando he crecido y me he pasado toda la vida a su lado. 


Luis Rodríguez

Diciembre, 2012

CLARIDAD EN EL RELATO: 10 PALABRAS


    En total conté cuarenta invitados que habían logrado pasar la puerta de la Sala Timanfaya, tras abrumadoras horas de espera, haciendo cola en aquella empinada escalera. 

    Nada más entrar vi cómo aquella señora con pinta de rica venida a menos, le echaba el ojo a la barra del bar donde habían más botellas de champaña que de agua. Se dirigió -desplegando su encanto y agitando lo que le quedaba de melena- hacia el camarero, le pidió una copa y sin que nadie reparara en ella, se dirigió a la salida. De su maltrecho bolso de imitación, sacó una pequeña botella de cianuro, la vació en la copa y ajustándose el vestido, empezó a caminar sin dejar de mirar a Pedro, que estaba con su hermano gemelo. Sentados en el hall de la sala, discutían acaloradamente. La señora habló a Pedro y le ofreció la copa, mordiéndose el labio como si fuera una prostituta barata. El anciano, babeando, se levantó, aceptó la invitación y la tragó de un sorbo.
           
            Trasnochar, le había salido muy caro.


Andrés Estévez
Noviembre, 2012

EL RITMO EN EL RELATO: UNA PERSECUCIÓN.


      Hace tiempo que vivo aquí arriba, el motivo no fue un capricho o una elección al azar: sencillamente nací aquí. Ya desde el principio fui consciente de que era rechazada por los demás. Todos negros. Sin la más mínima consideración hacia mi color. 

      Pero lo peor es ella, cuando se empeña en detener el tiempo poniendo su carita de uva pasa ante el espejo. Me tiene aterrada. 

      Nunca hemos intercambiado una palabra, pero sé que me descubrió hace tiempo, porque raro es el día que no coge un rastrillo y empieza a zarandearnos sin consideración para tenernos bajo control. Lo hace con tanta minuciosidad que me da pánico; y los negros, los muy simples, no se quejan jamás. 


      Otras veces parece que nos va a escaldar, nos mete debajo del agua casi hirviendo, nos empuja a unos encima de los otros, intentamos escapar, pero sin grandes resultados; más bien con algunos disgustos, porque cuando alguno se cae, no volvemos a verlo jamás. 

      Cuando cierra el paso del agua es peor todavía: nos frota hasta que las chispas están a punto de saltar, o nos pone un chorro de aire caliente que nos hace sudar la gota gorda, y ¡claro que algunos desaparecen para siempre en estas trifulcas que organiza cada dos por tres! 

       Yo creo que me busca sin descanso, porque a menudo oigo su pensamiento: “muy bien, todos negros y dóciles. Como tiene que ser”. Hay días que nos ata y lo hace con saña: ninguno puede quedar fuera de sus amarres. 

       Y yo no sé qué hacer. Seguro que alguno de estos idiotas, más pronto que más tarde, me va a dejar al descubierto. Hace tiempo me pareció tener una idea brillante para esconderme definitivamente: regalé a varios de mis compañeros unas plaquitas blanquecinas y adherentes, para que se cubrieran con ella y ser todos del mismo color; pero la muy zorra no lo permitió. Buscó una especie de pesticida que derritió la sustancia y nos dejó a todos malparados. Seguimos vivos de casualidad. 

     Hoy tengo ganas de llorar. Me acompaña una congoja inevitable desde que esa loca se levantó. Está contenta, baila, canta, y dice que le apetece ponerse guapa e ir a pasear. 

      ¡Ay, dios! Que la veo..., que la veo venir; y hoy le sobra tiempo para espiarnos, apresarnos y mangonear. Ya está armada con su rastrillo de metal, dispuesta a separar a estos negros a su antojo, a colocar a cada uno donde le venga en gana, sin preguntar. “¡Pelos al viento!”, dice la descarada. Me enredo entre varios negros, para pasar desapercibida un día más, pero la obsesa no permite ni el más pequeño revoltijo.

—¡Maldita cana. Te encontré!— dice con una sonrisa satisfecha, mientras me arranca de su cabeza. 



Alicia Floranes 
Dic. 2012 
 

viernes, 7 de diciembre de 2012

CLARIDAD EN EL RELATO


La señorita modelo pasea grácil por el salón de su casa, a la espera de que sus invitados lleguen puntuales al “lunch”. Ella sabe de elogios infinitos, abrumadoras palabras, a las que la tienen acostumbrada. Por eso se siente segura, es perfecta.  

La señorita modelo ultima detalles, pone ojo a todos los objetos visibles e invisibles de la estancia. Suena un armónico timbre de clase alta. Irrumpen  los deseados amigos de estricta etiqueta recibidos por champaña y encanto femenino. Sus gestos de aparente espontaneidad, andan sueltos por la sala. Hablan con soltura, conversan con desenfado medido.

La señorita modelo, excelente anfitriona, con un leve movimiento de ojos a su mayordomo, da salida a la joya del "lunch": los bombones  codiciados, originales de algún lugar del mundo en vías de desarrollo. El paladar de los presentes revive una suerte de sinfonía gustativa.

La señorita modelo desconoce el ingrediente letal añadido por los hombres y mujeres del país en vías de desarrollo a modo de rebelión: cianuro en pequeñas dosis. Sentados en los Roche Bobois de la espaciosa sala, se aprecian los primeros síntomas entre vómitos, dolores de cabeza y convulsiones. Un anciano es el primero en perecer; la señorita modelo -que no recuerda si es el embajador de Tasmania o Laos-  aterrorizada, se da la vuelta preguntando con la mirada qué está pasando. Cámaras, guionistas y publicistas responden con incredulidad. Quién ha traído los bombones. El salón decorado se llena de voces, gritos desgarradores y personal operario. Se oye del fondo del estudio un “que alguien llame a un médico”.

La señorita modelo llora desconsolada: es la única que se negó (por contrato y dieta) a hincar el diente a la preciada estrella de chocolate. La policía ha obligado a trasnochar al representante de una marca conocida de bombones, que publicita que jamás distribuye el género en verano.

Prepositiva
Diciembre, 2012

TE RECOMIENDO...

Una gran herramienta de trabajo. Una inversión realmente útil: "Ortografía y ortotipografía del español actual" de José Martínez de Sousa. 



Pincha en la imagen y tendrás una reseña interesante sobre la obra. 

Blanca Villa
Diciembre, 2012

DESCRIPCIÓN DE SENSACIONES ("ANTES DE DESPERTAR")


        “Titi, titi, titi”. La alarma llenó el entorno soñador y oscuro.  Insistente el aparato logró que sacara estúpidamente y tanteando con dos dedos de la mano por la mesilla hasta encontrar el teléfono. Busco el botón de apagado y lo pulsó en el momento que se le cayó de la mano.


            El silencio volvió a llenar la habitación, los oídos casi dolieron con el descanso después del molesto ruido.

Debió cerrar la ventana la noche anterior, sabía qué pasaría y no lo hizo. El negro del piso bajo tampoco estaba despierto al cien por cien… No, no: no lo estaba. La puntería tampoco. El chorro iba de lado en lado, lo oía en la oreja misma; era inacabable, eterno.

El calorcito placentero que subía desde los pies, era un verdadero deleite. Le pareció sentir miles de montañitas en la piel: era una gallina que picoteaba entre la yerba y no el loro del vecino que le saludaba.  

Los pasos de las chanclas de la vecina de arriba, que iban en dirección al baño, le agarrotaron las manos con las ganas de apretarle el cogote. Sí. Se lo apretaría sin más.

Su piel ahora era tibia y lisa, un picor en el muslo le obligó a bajar la mano y pasarla por la superficie carnosa. Se masajeó de abajo a arriba con ligera complacencia, el picor había desaparecido; pero no podía dejar a medias el masajearse, siguió en ello hasta que la mano se quedó muerta al costado y se le cerraron definitivamente los ojos.

El despertador  no  suena…¡Joder!  Tenía que abrir los ojos… Levantarse, hummm... El derecho se abrió una pizca, no era de día todavía. Estiró el cuerpo y una sensación agradable le recorrió en todo el largo.

Abrió y cerró la boca, la mojó y reconoció sus sabores,  había dormido con ella abierta,  debe cepillarse. 

El aroma del café de la vecina de arriba se filtró de forma sigilosa y poco prudente llegándole a la nariz,  la saliva inundó la boca.

No saltó  pero se arrimó de lleno a la vida, en el preciso instante en que decidió poner los pies dentro de las chanclas y salir tras el gato que maullaba insistentemente.

Ya  fue consciente de que comenzaba la batalla de los martes: seguir o amotinarse  era la cuestión. La batalla reciente había acabado.

Sergio Moreno
Noviembre, 2012

domingo, 18 de noviembre de 2012

EJERCICIO DE DESBLOQUEO

No me gustan los vocablos extranjeros. Las truchas criadas con pienso, ni las gallinas ponederas que no cantan. Los libros que prometen una buena historia y se quedan en agua de borrajas. No me gusta tener que callar: “señor mío: esto es una bonita estafa”. 

No me gustan los perros con lazos, chubasquero o chaquetita escotada. Ni los hombres borrachos a primera hora de la mañana. Tampoco los que siembran el suelo de viscosos lapos como si fueran papas.

No me gusta la gente sin criterio propio, el artista que es un zafio, el pelo ajeno en el lavabo, o la colonia dulzona en el ascensor a primera hora de la mañana.

No me gusta la mentira piadosa, la vieja rezadora, el joven prepotente, ni el de edad media desencantada. La axila mal oliente a la altura de mi nariz, el grosero que no responde a los buenos días o el desconocido que pide prestado un cigarrillo. El camarero mudo a mis espaldas con su paletita siempre lista para recoger la migaja del pan que no como.

No me gusta pisar mierda y sembrarla en cada paso que doy, ni tener que echar la mano a esos zapatos para limpiarlos antes de entrar en casa. Ni la mosca cojonera que viene a la hora de la siesta.

No me gustan las visitas al medio día, ni ir al cine por la mañana, un estanque sin patos, ni los que van con prisas a comprar el pescado y te lían, se cuelan, o te atropellan con el carro. Tampoco me gusta el café cargado, los paraguas negros, la espuma en la leche, los pies mojados dentro de los zapatos, ni el cola-cao azucarado.

Alicia Floranes
Noviembre, 2012

COMIENZA LA IX EDICIÓN DEL TALLER

Ya estamos en marcha. Si quieres unirte a nosotros en esta nueva edición, aún estás a tiempo: 

Taller de Arte y Sala de Exposiciones "olorAMAR"
C/ Fernando Primo de Rivera, 4.

Sábados de 10:30 a 12:30 horas.



jueves, 15 de noviembre de 2012

LLUVIA

A lo largo de media hora van llegando al restaurante, no han quedado con nadie y comerán solos. Pero según van llegando se saludan cortesmente. Hablan del trabajo, de las dificultades actuales, de la presión, de las horas en la oficina, de los jefes... Sólo hay una cosa que los distingue a unos de otros y permite saber en qué banco trabajan: los paraguas.



Marta Matamala
Noviembre, 2012