viernes, 8 de marzo de 2013

DESCRIPCIÓN


DESCRIPCIÓN
Yo conduzco. Ella, a mi lado, mira por la ventana.  Mi vista se centra en la carretera, de reojo presiento su estado. Ha subido al coche enfadada, en su frente aparecen líneas profundas como preparadas para una cosecha de rayos y truenos. Prefiero callar, su adolescencia se impone por lo que es mejor crear en ese espacio pequeño un respeto a sus hormonas. 
A través de los quilómetros (años-luz para mí) empieza a abandonarse, su largo y estrecho cuerpo cede a la distensión. Todavía no ha sido capaz, sin embargo, de mirarme a los ojos, su reconciliación empieza a través de los árboles, casas y polígonos. Baja la luna de su puerta y entra un aire diferente que repeina su boscoso pelo,  revoloteando feliz.
Sé que se mira en el retrovisor externo y se odia. Esta nariz que no le gusta por ser demasiado larga o demasiado estrecha o porque un grano le habita desde ayer por la noche; no ama las orejas de genética paterna, deseosa de una intervención que no llegará -“es lo que hay-” y dejar su complejo de dumbo;  cuello que gira atento a lo que sucede en su entorno: un cisne, digo, una jirafa, responde. Y su mirada, que hoy es oscura, le parece tan ordinaria, si al menos  fueran verdes o azules como los ojos de su compañera de mesa porque ella sí que gusta.
El largo cuerpo arqueado, se encoge y cobija hacia sí, con la esperanza de fundirse en el asiento. Un resorte, sus piernas que no están cómodas en el pequeño turismo, dentro de mí hace que sienta pena por ella. No quiero seguir manteniendo el silencio roto por el aire de la velocidad. “Hija ¿estás bien?” 
Llora, suelta sin reparo lágrimas reprimidas de hace un siglo, cuando se sentó en el coche a la salida del instituto. Busco un buen sitio y paro el motor. Ahora, de frente, contemplo el diluvio que atraviesa su cara imperfecta y bonita. Qué bella cuando llora.
Hoy le ha tocado la lucha contra la tristeza. Y creo que ha ganado cuando siento sus brazos rodeando mi cuerpo.

Prepositiva
Noviembre,  2012