domingo, 21 de junio de 2015

CLARIDAD EN EL ESCRITO

La señorita modelo pasea grácil por el salón de su casa, a la espera de que sus invitados lleguen puntuales al “lunch”. Ella sabe de elogios infinitos, abrumadoras palabras, a las que la tienen acostumbrada. Por eso se siente segura, es perfecta.


La señorita modelo ultima detalles, pone ojo a todos los objetos visibles e invisibles de la estancia. Suena un armónico timbre de clase alta. Irrumpen  los deseados amigos de estricta etiqueta recibidos por champaña y encanto femenino. Sus gestos de aparente espontaneidad, andan sueltos por la estancia. Hablan con soltura, conversan con desenfado medido.

La señorita modelo, excelente anfitriona, con leve movimiento de ojos a su mayordomo da salida a la joya del lunch: los bombones  codiciados, originales de algún lugar del mundo en vías de desarrollo. El paladar de los presentes revive una suerte de sinfonía gustativa.

La señorita modelo desconoce el ingrediente letal añadido por los hombres y mujeres del país en vías de desarrollo a modo de rebelión, cianuro en pequeñas dosis. Sentados en los Roche Bobois de la espaciosa sala, se aprecian los primeros síntomas entre vómitos, dolores de cabeza y convulsiones. Un anciano es el primero en perecer; la señorita modelo -que no recuerda si es el embajador de Tasmania o Laos-  aterrorizada, se da la vuelta preguntando con la mirada qué está pasando. Cámaras, guionistas y publicistas responden con incredulidad. Quién ha traído los bombones. El salón decorado se llena de voces, gritos desgarradores y personal operario. Se oye del fondo del estudio un “que alguien llame a un médico”.

La señorita modelo llora desconsolada: es la única que se negó por contrato y dieta a hincar el diente a la preciada estrella de chocolate. Y la policía ha obligado a trasnochar al representante de una marca conocida de bombones, que publicita que jamás distribuye el género en verano.




Komando
Noviembre, 2012