sábado, 21 de noviembre de 2015

EJERCICIO DE DESBLOQUEO: "DOS PALABRAS"

"Montaña" y "avión"


La montaña no era ni demasiado alta ni muy escarpada. Era más bien una suave colina redondeada por la acción de la erosión, pero para los habitantes de la isla era todo un símbolo. Era simplemente La Montaña Aquella mañana, el símbolo se les vino literalmente abajo al ver cómo un enorme avión se estrellaba sobre ella, dejándola reducida a un simple montón de restos metálicos y humanos.

Al parecer el piloto, algo inexperto, no la vio ni como montaña ni como símbolo.

Miguel Martín
Septiembre, 2015

LA ELECCIÓN DEL TEMA: "EL MUEBLE DE LA INFANCIA"

En esas sobremesas que siguen a una buena comida con amigos, si surge el tema de la infancia, mi hermana suele recurrir a la anécdota de “La Cocinita”. Era una preciosa estructura verde y marrón, que olía a plástico, en una época en la que ese aroma era extravagante y delicioso. Despertaba, de forma obscena, los deseos de ser una madre dichosa por estar dedicada a sus tres hijos y su marido. En un espacio reducido se conseguía un equipamiento mejor que el de mi actual cocina de diez metros cuadrados, y preparar los platos más espectaculares que, aunque, inexistentes, sabían como todas las golosinas prohibidísimas por mamá. ¡Cuánta felicidad guardada en pequeños compartimentos! Tenía la altura justa para que una niña de seis años jugara cómodamente; y era lo suficientemente endeble para que mi peso, cayendo desde la cama, en una noche de mal dormir, la destrozara.
Cuando mi hermana cuenta esta historia con enfado fingido (¿fingido?), yo opto por esbozar una mueca de aburrimiento. Sin embargo, en mi mente una duda me incomoda, como el virus debilitado de una vacuna que consigue subir la temperatura corporal.

De la noche del accidente guardo una imagen que me inquieta más que la idea de que mi hija de dieciséis años ya no sea virgen. Arropada en la cama de casa de mis padres lloro en silencio de rabia. Mi hermana me ha prohibido que vuelva a usar su juguete más preciado después de un accidente con unas acuarelas. Observo La Cocinita junto a mi cama con la angustia de una Julieta separada de Romeo. El timbre del pequeño horno sonando en solitario en la oscuridad llama mi atención. Resuena como un tambor de guerra en mis oídos. Está tratando de decirme algo. Sé que es lo que tengo que hacer.

Daida Rodríguez.
Octubre, 2015

CLARIDAD EN EL RELATO: "DIEZ PALABRAS"

Los miedos nunca son invitados a mis noches de insomnio, aunque siempre llegan impuntualmente temprano. Antes si quiera de plantearme que debería acostarme, ellos ya están acercándose a casa. Pero, además, tienen la desfachatez de no acudir solos. Les siguen, muy de cerca, torbellinos de emociones abrumadoras, como adolescentes ruidosos saliendo del instituto. Justo en el momento en el que me deslizo bajo el frescor del edredón y apago la luz, se cuelan por el ojo de la puerta como una bruma pesada. Estas insufribles noches en vela son una de mis más incómodas costumbres desde que pasé de los cincuenta años. Yo diría que es un hábito casi tan penoso como el de odiar a mi hijo.
Hoy acudió puntual, junto con su también odiosa mujer, a celebrar mi 70 cumpleaños. Me atosigaron con decenas de alegres brindis con champaña, regalándome discursos eternos y empalagosos sobre los años que me quedan por vivir, y lo feliz que les hacía tenerme cerca. Y yo, mientras, me los imaginaba rezando porque estas fueran las últimas velas que soplara.
No puedo culpar a mi hijo de su falta de afecto sincero, y que sólo permanezca a mi lado para garantizar que su herencia se conserve intacta. Su actitud es sólo un reflejo de la mía. Nunca he podido amarlo. Tampoco amaba a su madre. Es más, su muerte fue un gran alivio. La presencia de ambos en mi vida era el alimento continuo de mi mayor miedo: ver pasar la vida como un canario en una jaula con la puerta abierta, cantando canciones alegres para deleite de los demás.
A pesar de esta sensación permanente de infelicidad, he podido engañar a casi todas las personas de mi alrededor. Creo que incluso a mi mujer. Es verdad que nunca fue muy avispada. Pero a un hijo… Aunque él nunca debe haberle puesto la etiqueta correcta, estoy seguro de que es consciente de mi falta total de cariño, y de que lo culpo de mi insatisfacción vital. Así que no me quejo de su hipocresía.
Por eso no pude evitar sonreír cuando, después de los postres, mi nuera, con mucho encanto, me espetó que por qué no me retiraba a uno de esos centros para mayores tan agradables, mientras su marido se hacía cargo desinteresadamente de la gestión de todos mis bienes. La retahíla continuó hasta volverse cansina y cuando los acompañaba a la salida empecé a arrepentirme de no haber rociado la ensalada con cianuro.

Me cambié de ropa después de una ligera ducha y me dirigí al ayuntamiento en taxi. Me abrió la puerta un conserje que me miró sorprendido y encontré sin ayuda el despacho que buscaba. Frente a la puerta del mismo me esperaban obedientes y sentados mis dos testigos, y junto a ellos un joven de tez oscura y grandes ojos verdes. “¿Todavía te quieres casar con este anciano?” Me respondió besando suavemente mis labios y me sentí vivo, como nunca en mis setenta años. Sabía que tampoco era sincero en su afecto, como mi hijo, pero al igual que en el caso de mi vástago me daba igual. Sólo quería terminar mis días sin tener que trasnochar cada noche por culpa de vivir una mentira. 

Daida Rodríguez.
Septiembre, 2015

EJERCICIO DE DESBLOQUEO: "DOS PALABRAS"

"Arroz" y "cristal"

Arroz. Lo único que realmente necesitaba del super. Arroz. Me daba igual la marca. Siempre compro Rocío, pero te hubiera perdonado que trajeras, no sé, Hacendado. Arroz. ¿Tan difícil era recordarlo? El domingo es el cumpleaños de mi madre. ¿Cómo quieres que haga la paella? Me dirás que veo mala intención donde no la hay, pero tú no soportas a mi madre. Sé bien cómo la miras, como si tuviera que disculparse por su falta de cultura, su forma de hablar… Arroz. Sólo necesito arroz, pero no tengo. Lo que sí hay en la bolsa es cerveza, aceite, tabaco, dos botes de espárragos riéndose de mí detrás del cristal. Sé que te parece una tontería. Una exageración mía de fácil solución. Coges el coche, regresas al super y traes todos los kilos de arroz que necesite. Pero para mí esto es un síntoma más de que yo y todo el mío carece de importancia. Y no me repliques que sólo eres el repartidor y que tu trabajo es traer lo que prepararon otros. Ahora seca esas lágrimas y ve a buscar mi arroz.


Al cerrarse la puerta frente a su nariz, Roberto sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón de su recién estrenado uniforme. Mientras se limpiaba los ojos, recordó cuando su madre le advertía de lo que pasaría si no acababa la ESO. Mañana iría a matricularse en la Escuela de Adultos.


Daida Rodríguez.
Octubre, 2015

LA ESCENA (II)



Falta de previsión

Cae la tarde en la playa de Las Teresitas. El aire cargado de calima se confunde con el fino polvo de arena. Dos figuras oscuras y corpulentas abandonan lentamente el agua. La de menor estatura avanza con dificultad. “Déjame que te ayude con la bombona, Rober”. “Ayúdame mejor a quitarme el neopreno, que no aguanto el dolor. Me cago en el erizo y en toda su familia”. Ambos se desprenden con lentitud del peso de sus espaldas, se descalzan y empiezan a forcejear con el neopreno. Un ruido llama su atención y miran, casi de forma sincronizada, hacia el frente. Un hombre y una mujer están tumbados semidesnudos sobre la arena. Se besan. Mientras son observados, ella se coloca sobre su acompañante. Una vez arriba gira la cabeza hacia los buceadores. Los tres se miran unos minutos en silencio. “¿Tienen un condón, chicos?”. “No”, responde Rober mientras señala con ambas manos su neopreno. Ella se vuelve hacia su pareja. “Vamos al puesto de Cruz Roja, Rober. Esa herida no tiene buena pinta”.


Daida Roríguez.
Noviembre, 2015