sábado, 21 de noviembre de 2015

CLARIDAD EN EL RELATO: "DIEZ PALABRAS"

Los miedos nunca son invitados a mis noches de insomnio, aunque siempre llegan impuntualmente temprano. Antes si quiera de plantearme que debería acostarme, ellos ya están acercándose a casa. Pero, además, tienen la desfachatez de no acudir solos. Les siguen, muy de cerca, torbellinos de emociones abrumadoras, como adolescentes ruidosos saliendo del instituto. Justo en el momento en el que me deslizo bajo el frescor del edredón y apago la luz, se cuelan por el ojo de la puerta como una bruma pesada. Estas insufribles noches en vela son una de mis más incómodas costumbres desde que pasé de los cincuenta años. Yo diría que es un hábito casi tan penoso como el de odiar a mi hijo.
Hoy acudió puntual, junto con su también odiosa mujer, a celebrar mi 70 cumpleaños. Me atosigaron con decenas de alegres brindis con champaña, regalándome discursos eternos y empalagosos sobre los años que me quedan por vivir, y lo feliz que les hacía tenerme cerca. Y yo, mientras, me los imaginaba rezando porque estas fueran las últimas velas que soplara.
No puedo culpar a mi hijo de su falta de afecto sincero, y que sólo permanezca a mi lado para garantizar que su herencia se conserve intacta. Su actitud es sólo un reflejo de la mía. Nunca he podido amarlo. Tampoco amaba a su madre. Es más, su muerte fue un gran alivio. La presencia de ambos en mi vida era el alimento continuo de mi mayor miedo: ver pasar la vida como un canario en una jaula con la puerta abierta, cantando canciones alegres para deleite de los demás.
A pesar de esta sensación permanente de infelicidad, he podido engañar a casi todas las personas de mi alrededor. Creo que incluso a mi mujer. Es verdad que nunca fue muy avispada. Pero a un hijo… Aunque él nunca debe haberle puesto la etiqueta correcta, estoy seguro de que es consciente de mi falta total de cariño, y de que lo culpo de mi insatisfacción vital. Así que no me quejo de su hipocresía.
Por eso no pude evitar sonreír cuando, después de los postres, mi nuera, con mucho encanto, me espetó que por qué no me retiraba a uno de esos centros para mayores tan agradables, mientras su marido se hacía cargo desinteresadamente de la gestión de todos mis bienes. La retahíla continuó hasta volverse cansina y cuando los acompañaba a la salida empecé a arrepentirme de no haber rociado la ensalada con cianuro.

Me cambié de ropa después de una ligera ducha y me dirigí al ayuntamiento en taxi. Me abrió la puerta un conserje que me miró sorprendido y encontré sin ayuda el despacho que buscaba. Frente a la puerta del mismo me esperaban obedientes y sentados mis dos testigos, y junto a ellos un joven de tez oscura y grandes ojos verdes. “¿Todavía te quieres casar con este anciano?” Me respondió besando suavemente mis labios y me sentí vivo, como nunca en mis setenta años. Sabía que tampoco era sincero en su afecto, como mi hijo, pero al igual que en el caso de mi vástago me daba igual. Sólo quería terminar mis días sin tener que trasnochar cada noche por culpa de vivir una mentira. 

Daida Rodríguez.
Septiembre, 2015

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