sábado, 21 de noviembre de 2015

LA ELECCIÓN DEL TEMA: "EL MUEBLE DE LA INFANCIA"

En esas sobremesas que siguen a una buena comida con amigos, si surge el tema de la infancia, mi hermana suele recurrir a la anécdota de “La Cocinita”. Era una preciosa estructura verde y marrón, que olía a plástico, en una época en la que ese aroma era extravagante y delicioso. Despertaba, de forma obscena, los deseos de ser una madre dichosa por estar dedicada a sus tres hijos y su marido. En un espacio reducido se conseguía un equipamiento mejor que el de mi actual cocina de diez metros cuadrados, y preparar los platos más espectaculares que, aunque, inexistentes, sabían como todas las golosinas prohibidísimas por mamá. ¡Cuánta felicidad guardada en pequeños compartimentos! Tenía la altura justa para que una niña de seis años jugara cómodamente; y era lo suficientemente endeble para que mi peso, cayendo desde la cama, en una noche de mal dormir, la destrozara.
Cuando mi hermana cuenta esta historia con enfado fingido (¿fingido?), yo opto por esbozar una mueca de aburrimiento. Sin embargo, en mi mente una duda me incomoda, como el virus debilitado de una vacuna que consigue subir la temperatura corporal.

De la noche del accidente guardo una imagen que me inquieta más que la idea de que mi hija de dieciséis años ya no sea virgen. Arropada en la cama de casa de mis padres lloro en silencio de rabia. Mi hermana me ha prohibido que vuelva a usar su juguete más preciado después de un accidente con unas acuarelas. Observo La Cocinita junto a mi cama con la angustia de una Julieta separada de Romeo. El timbre del pequeño horno sonando en solitario en la oscuridad llama mi atención. Resuena como un tambor de guerra en mis oídos. Está tratando de decirme algo. Sé que es lo que tengo que hacer.

Daida Rodríguez.
Octubre, 2015

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