sábado, 12 de diciembre de 2015

EMPEZAR CON UN FINAL - "EL TAMAÑO REAL"



    En el Patio de las Bouganvillas, dos hombres y una mujer comparten jarras de limonada fresca y conversación.

    La dama se abanica con firmeza, pero ni su porte regio consigue que las gotas de sudor le condonen el martirio. Ella se excusa y en un revuelo de enaguas que rozan el suelo, se retira a descansar. El ceño de su marido revela el arraigado desprecio que siente por ella. 

   Así pues, quedan solos los hombres, Francisco de Borja Álvarez de Toledo Osorio, Duque de Medina Sidonia y su amigo Fernando, cuando el criado anuncia la visita de un tercero.

    —El Barón Karl Von Draiss solicita ser recibido, Señor.

    Y la algarabía que le precede, delata los gustos de Francisco.

   —¡Maravilloso!—exclama excitado —¡Verás, Fernando, cuáles son sus artes y cuán sorprendentes resultarán a tus oídos! Descuida, guardaremos tu secreto y así el encuentro será más provechoso. 

   Un hombre joven de plácidas maneras, entra en escena y el afecto que el anfitrión le profesa queda en evidencia. Fernando receloso y socarrón, escucha los relatos de ambos sin demasiado interés. Su pie derecho repiquetea en el suelo con insistencia, mientras el Barón, que resulta ser inventor de profesión, se deleita contando las excelencias de lo que ha dado en llamar “La Draissina”: Un velocípedo de dos ruedas, manillar, pedal y sillín con el que un hombre por su propio impulso alcanza el mismo paso que un coche de caballos. El Barón afirma recorrer con ella Europa en su carruaje por pura diversión. Es entonces cuando a Fernando le brillan los ojos y su carácter imperativo le obliga a hacerse con tal invento. Tras una corta negociación, a cambio de un buen bolsón de maravedís de oro, el velocípedo es suyo.

    Pasan los días aprendiendo a montar el invento y los tres hombres van desde el Palacio del Duque a las Playas del Santo Espíritu, y de las Playas del Santo Espíritu al Palacio.

  El Duque muestra una facilidad innata para dominar el artefacto, pero a Fernando se le resiste tal hazaña. Una semana más tarde, el hombre incapaz, hace el camino en solitario mientras la desesperación se le mete en las entrañas. La hinchazón es cada vez mayor y el dolor insoportable. La estúpida de su mujer había osado insinuarle que su malformación le dificultaría el asunto y al recordarlo, se le inunda la cara de cólera.

   Sería el hazmerreír de la Corte si el motivo de su incapacidad para montar aquel invento traspasara las fronteras de Medina Sidonia.

  Una vez más era su deformidad la que le impedía disfrutar. Por algo le llamaban sus súbditos, Felón.



    El día de su cumpleaños, Fernando tiró la bicicleta por el acantilado.

Victoria Castellanos
Noviembre, 2015

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