lunes, 4 de enero de 2016

"MARKETING"

       La tienda de Doña Chana siempre había estado en la esquina. En sus inicios había sido la típica ventita de postguerra. En los ochenta se reconvirtió en un videoclub. En los noventa abrió como un Ciento Cincuenta donde encontrar todo tipo de fruslerías. Con el nuevo siglo llegó el herbolario. 


Cuando Clara se hizo con el local, los vecinos se preocuparon. Aquella rubia menuda venía de fuera del pueblo y vestía demasiado hippy. No parecía una persona que guardara las tradiciones que dueños anteriores sí habían respetado. La tienda había mantenido el mismo nombre y en una de las paredes siempre había estado colgada una fotografía enmarcada, de una mujer de perfil de tez muy blanca y un gran moño negro. Para sorpresa de todos, Clara no se deshizo de ninguna de las dos cosas. Y tras superar las primeras impresiones, consiguió una clientela fiel que acudía a buscar remedios para la ciática, la tristeza, la migraña, el estrés de los exámenes, el exceso de kilos, la falta de deseo,… Clara parecía entender de todo.

—Siringa, Clara. ¿A qué no sabes lo que es?— la desafiaban.

—¿Eso no es una flauta típica de Grecia? Creo que tiene algo que ver con el Dios Pan.

—Pero, ¿cómo sabes tanto?

—No soy yo— siempre la misma respuesta señalando el retrato— Me lo chiva Dña. Chana.

Las “habilidades” de la mujer de la fotografía comenzaron a hacerse cada vez más populares. Además de conocer el significado de todas las palabras, también era capaz de adivinar las necesidades de los clientes sin que estos lo hubieran expresado.

—Dame algo para el insomnio, Clara.

—Espera un momento. Dña. Chana me dice que tú lo que necesitas es algo para el mal de amores.

—¿Tienes algo para el estreñimiento?

—Según Dña. Chana lo que estás buscando es valentía para enfrentar a tu madre.

A los seis meses de apertura, el herbolario era famoso en el pueblo y en la comarca por los remedios y consejos que la fotografía de una mujer expresaba a través de la dueña del establecimiento. La clientela aumentaba y Clara estaba contenta. Sin embargo, a veces, se sentía incómoda. Cada vez más la gente que entraba en su tienda se dirigían directamente a Dña. Chana. En ocasiones sólo hablaban con Clara para transmitirle lo que la foto les había recomendado y necesitaban comprar. Pero también estaban los que entraban, mantenían una conversación silenciosa con Dña. Chana y se iban. La situación se volvió realmente extraña cuando los clientes cogieron la costumbre de dejar regalos a la señora: flores, reliquias y, en un bol de alabastro, dejaban dinero.



Antes de celebrar el primer aniversario, el Ayuntamiento envió una carta a Clara. Al parecer el Vaticano estaba estudiando varios milagros adjudicados a Dña. Chana. Así que el Consistorio había decidido expropiar la propiedad para construir una capilla. Clara se fue del pueblo con una importante compensación económica e interesantes aprendizajes sobre la relación con los clientes de un herbolario.

Daida Rguez. Barrios
Diciembre, 2015

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